Ella no se había dado cuenta.
Justo en ese momento.
El hombre, que supuestamente había desviado la mirada hacia otro lado... volvió a posar sus oscuros e insondables ojos en ella.
Valeria se quedó sentada un rato antes de subir a su cuarto.
Quedarse en la villa tenía sus ventajas.
Por ejemplo, no tenía que devanarse los sesos pensando en cómo meterse a la cama de Alejandro. El abuelo se había encargado de que les prepararan una sola habitación.
Al empujar la puerta y entrar, escuchó el ruido del agua en el baño.
Él se estaba duchando.
Valeria esbozó una ligera sonrisa y paseó la mirada por la habitación.
Ese era el cuarto de Alejandro cuando era niño. En las paredes aún había un póster de algún famoso jugador de fútbol, y en un exhibidor apoyado contra la pared descansaba una colección interminable de figuras de acción, casi todas de Marvel.
Quién lo diría... el estricto hombre también tuvo sus sueños de superhéroe en la infancia.
Valeria curvó los labios y desvió la mirada hacia un escritorio cercano.
Había una fila de álbumes de fotos de diferentes tamaños.
Sin dudarlo, extendió la mano y abrió uno.
En las fotos, el joven Alejandro tenía el rostro un poco más redondo, cejas pobladas y ojos grandes. Se veía adorable, pero ya dejaba entrever los contornos apuestos de su adultez. Valeria murmuró en voz baja:
—Se veía tan tierno de niño... nada que ver con el de ahora.
Ahora solo habría la boca para soltar veneno.
Soltó una risita sin darse cuenta.
Siguió hojeando hasta llegar a una foto de sus padres.
La mujer en la imagen irradiaba elegancia: vestido de alta costura, joyas de diamantes deslumbrantes, sin mencionar su rostro digno y sereno.
El hombre, a su lado, mantenía una distancia cautelosa. Más que esposos, parecían simples socios comerciales.
Él era alto, esbelto y con facciones imponentes.
La expresión de ambos era idéntica: ni rastro de una sonrisa.
Debajo de esa foto asomaba otra imagen grupal, seguramente de alguna reunión de amigos de su generación. La mirada de Valeria se detuvo en una de las parejas de la imagen. Eran sus... padres.
Justo cuando iba a sacar esa fotografía, una voz profunda resonó a sus espaldas.
—Tocar mis cosas sin permiso ya es malo, ¿pero encima pretendes robar?
¿Que no podía pagar el precio?
¿Quién se creía que era, el tesoro nacional?
Valeria rodó los ojos. La culpa que había sentido por fisgonear desapareció al instante y adoptó su habitual escudo de audacia.
Caminó hacia él contoneando las caderas. Levantó una mano.
Y tiró levemente de su toalla.
—Si no puedo pagarlo con dinero, ¿qué tal si saldo la deuda con mi cuerpo?
Alejandro entornó un poco los ojos, pero no detuvo su acción.
En realidad, Valeria no había jalado la toalla. Sus dedos apenas rozaron la piel tensa de su abdomen. Era precisamente esa distancia, ni muy cerca ni muy lejos, lo que lograba encender más la tensión.
Un segundo después, Alejandro levantó la mano bruscamente, atrapando la pequeña garra que jugueteaba sobre su torso.
—¿Acaso siempre tienes que insinuarte en cuanto cae la noche? —preguntó con voz ronca.
Valeria no se ofendió. Lo miró con esos ojos líquidos y provocativos.
—Y dime, ¿logro provocarte?

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