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Quiere Mi Corazón, Me Caso con Ciego Rico romance Capítulo 122

Al hablar de aquella chica tan talentosa, el abuelo sintió una profunda lástima.

—Tu abuelo y yo fuimos como hermanos. Cuando salimos del servicio militar, mantuvimos el contacto de manera constante. Después, cuando todos nos casamos y tuvimos hijos, solíamos reunirnos. ¡Tu padre y el padre de Alejandro solían ser grandes amigos!

Valeria bajó la mirada, fingiendo estudiar atentamente el tablero de ajedrez.

—¿De verdad?

—Así es.

El anciano sacudió la cabeza.

—Sin embargo, no sé por qué terminaron peleándose, y con la mudanza de tu familia a Puerto Azul, el contacto fue cada vez menor... Ya sabes, no puedo meterme en los asuntos de los más jóvenes.

¿Solo había sido falta de contacto?

Pasó un largo rato.

Valeria levantó la cabeza. La sonrisa en sus ojos era como una red que lograba ocultar todas sus emociones.

—No pasa nada, ¿no he vuelto yo ahora? Eso demuestra que el destino entre nuestras dos familias es tan fuerte que ni siquiera se puede cortar.

El abuelo soltó una carcajada y habló sin tapujos:

—Realmente te pareces mucho a tu madre. Y si te soy sincero, ese padre tuyo jamás estuvo a la altura de tu mamá.

Los ojos claros de Valeria se encogieron un poco. Sentía que acababa de encontrar a un aliado.

—Pienso exactamente lo mismo.

Ambos estaban inmersos en una plática tan entretenida que la señora de servicio tuvo que llamarlos varias veces para comer, y aun así no le hicieron caso. Fue Alejandro, desde el sofá, quien no pudo soportarlo más. Se levantó y les lanzó una advertencia con voz grave:

—La señora ya nos llamó a comer. Si sus oídos no les sirven de nada, ¿por qué no los donan a la ciencia?

No hizo falta que Valeria abriera la boca. El abuelo le lanzó una mirada fulminante a su nieto.

—¿Cuál es la prisa por comer? ¡Tus oídos sí que te funcionan, pero lástima que ni tu boca ni tus ojos sirven para nada!

...

—Ven, Vale, vamos a comer. ¡Ignóralo!

Valeria contuvo la risa. ¿Por qué de repente sentía un poco de pena por Alejandro?

Ya en el comedor, el anciano acercó todos los platillos deliciosos frente a Valeria.

—Come más, Vale. Mira nomás qué delgadita estás, necesitas reponerte.

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