Los ojos del abuelo daban vueltas como remolinos.
—¿Alejandro?
Alejandro lo miró de reojo y se puso de pie.
Esto... ¿significaba que iba a ir a consentirla?
El viejo lo siguió con la mirada mientras subía las escaleras, con una sonrisa de oreja a oreja.
Al fondo a la izquierda estaba la recámara principal; la primera habitación de al lado era la recámara donde Valeria solía dormir.
Alejandro se quedó parado en medio del pasillo unos momentos. Caminó de frente, se detuvo ante la puerta de su propia habitación y la empujó.
La única luz encendida en la recámara era la de la pared, que arrojaba un brillo tenue que se disipaba suavemente por el lugar.
La mujer en la cama no tenía cobija. Llevaba puesto un camisón de tirantes color champán y estaba recostada de lado sobre las sábanas oscuras. Parecía una rosa floreciendo en medio de un desierto yermo, sencillamente deslumbrante.
Pensándolo bien, solo había dormido en ese cuarto una noche, y sin embargo, todo el espacio estaba impregnado de su aroma.
Los ojos de Alejandro se oscurecieron y se acercó a la cama.
La miró fijamente en silencio desde arriba, sin emitir sonido.
Se vio forzado a admitir que esta mujer era hermosa a todas horas. Incluso en sus peores momentos, su rostro angelical le otorgaba una gracia innegable. Y en aquel instante...
Se notaba a leguas que se había aliado con el anciano y estaba fingiendo estar enojada, esperando a que él fuera a consentirla, y lo estaba haciendo tan bien que hasta parecía real.
Como si hubiera nacido para ser sostenida en la palma de la mano de un hombre, envuelta en halagos y complacida en todo.
—Valeria.
La llamó una vez, sin obtener respuesta.
Alejandro levantó sutilmente una ceja, se inclinó, le sujetó el tobillo con la mano y tiró de ella de golpe.
La mujer se deslizó desde el centro hasta el borde de la enorme cama; por el movimiento, el camisón se le arrugó hasta los muslos.
Sus largas y torneadas piernas carecían de cualquier defecto.
A ella no le pareció vergonzoso en absoluto, ni tampoco se notaba enojada.
Dio media vuelta y se apoyó en los codos para mirarlo.
—¿Por qué te importa lo que haga? Déjame morir de hambre —murmuró, en un tono que sonaba berrinchudo, con la actitud de quien se siente con todo el derecho de estar ofendida.
La intensa mirada de Alejandro la cubrió. Después de un rato, se sentó en el borde de la cama.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Quiere Mi Corazón, Me Caso con Ciego Rico