O tal vez...
En realidad, él era de San Cristóbal.
Camila se quedó pensando un instante y luego se le iluminaron los ojos.
—Si resulta ser de San Cristóbal, entonces el autor intelectual también podría ser de aquí.
Valeria sonrió, satisfecha.
—Astuta.
—¡Pondré a alguien a investigar de inmediato!
Camila dio un par de pasos hacia la puerta y de pronto se detuvo. Giró y dijo:
—Ah, por cierto, señorita... cuando subí hace un rato, vi al Dr. Guzmán.
Valeria no esperaba que él siguiera ahí.
—Déjalo ahí si quiere. Afuera de la empresa no se permite estacionar, así que mándale al guardia a cobrarle la tarifa.
A la hora de la salida, esperó a propósito a que todo el mundo se fuera antes de salir.
Por suerte, el auto en la entrada ya había desaparecido.
Valeria apretó las llaves del coche en su mano, dio media vuelta hacia el estacionamiento y condujo de vuelta a la villa.
Alejandro aún no había llegado. Apenas cruzó la puerta, el viejo la jaló hacia el estudio para jugar ajedrez.
Perder dos y ganar una era la estrategia perfecta para mantener contentos a los mayores cuando jugabas con ellos.
—Es obvio que, si el abuelo hubiera vivido en la antigüedad, habría sido un general brillante en la estrategia militar.
—¡En los tiempos modernos también!
El viejo infló el pecho de orgullo.
—Recuerdo cuando tomé las armas y fui al campo de batalla, esos invasores terminaron huyendo despavoridos.
Valeria sonrió, complaciente.
—Con razón crio a un nieto tan excelente como Alejandro. Qué lástima...
Su expresión decayó y murmuró en voz baja:
—Parece que él no me quiere mucho.
—¿No te quiere?
El viejo notó de inmediato que algo andaba mal en la carita de la joven.
—Ese muchacho tiene cabeza de piedra. ¿A quién va a querer si no es a ti? ¿Me vas a decir que le gusta esa niña malcriada de Aitana Garza? ¡Imposible! ¡Solo son alucinaciones de la juventud!
Valeria escuchaba, parpadeando asombrada.
—Parece que el abuelo lo conoce muy bien.
—Cecilia, hazme el favor de llamar a la señorita Figueroa para cenar.
—¡Ella no irá!
El viejo respondió por Cecilia.
Miró a su nieto con una expresión indescifrable, mezcla de desprecio y de decepción por no estar a la altura.
—Vale no ha pronunciado ni una palabra desde que regresó. ¿Qué le hiciste hoy? ¡Está tan triste que se ha declarado en huelga de hambre!
¿Valeria... en huelga de hambre?
Alejandro apretó los labios, manteniéndose en silencio.
El viejo pareció darse cuenta de que había exagerado un poco, tosió un par de veces y aclaró:
—Esto... Si está enojada, solo tienes que mimarla. Vale dijo que si le dices un par de cosas bonitas, te perdonará. Un hombre de verdad sabe cuándo ceder. ¡Así que anda, nieto, vé!
Alejandro: "..."
El abuelo lo espiaba de reojo de vez en cuando, esperando a ver qué hacía.
Pero pasó un buen rato y él no hizo ningún ruido, ni un solo movimiento; aunque si uno observaba su rostro... tampoco se le veía tan furioso...
¡Si no estaba enojado!
¡Entonces había esperanza!

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