Valeria levantó una ceja. Usó dos dedos para jalar la revista y sacarla de la pila.
Se decía que en los últimos dos años, todas las campañas publicitarias del Consorcio Silva habían sido acaparadas exclusivamente por Aitana Garza.
Tsk...
Cuánto amor.
Miró de reojo al hombre que seguía trabajando frente a ella. Al ver que no reaccionaba, regresó la mirada y hojeó la revista con curiosidad.
Aunque Aitana Garza era solo una figura pública de moda, a sus veinticinco años estaba en el mejor momento de su carrera. Sus fans la adoraban incondicionalmente y el año anterior había ganado el premio a Mejor Actriz Revelación.
Pero los fans no eran lo más importante; lo que importaba era quién le cubría las espaldas.
Alejandro Silva, más el peso de ser la heredera de la familia Garza.
Con ese nivel de protección, ya le llevaba ventaja a la mayoría de las novatas de la industria.
Siempre repetía que no dependía de su familia, pero su línea de salida era la meta de muchos otros.
Así era la vida de la «chica de oro».
La revista incluía una entrevista y varias fotografías suyas.
El artículo detallaba los obstáculos y puntos de inflexión que había superado en sus tres años de carrera.
Y al final, estaba la clásica guerra de indirectas con los periodistas sobre su romance de ensueño con Alejandro Silva, el presidente del Consorcio Silva.
Sus respuestas eran ambiguas y, junto a las fotos donde fingía timidez, todo parecía un descarado intento de marcar territorio.
Valeria suspiró en su interior. Una vida así de fácil... verdaderamente daba envidia.
Lanzó la revista a un lado.
Se sintió todavía más aburrida.
Alejandro había terminado de contestar un par de correos urgentes.
De vez en cuando la miraba de reojo. Apenas habían pasado veinte minutos.
La mujer, que parecía estar solo mirando el lugar, de repente se escabulló detrás de él, con las manos entrelazadas a la espalda, inclinándose para ver tanto a él como a la pantalla con sus notificaciones de voz.
—Es tan complejo, no entiendo nada.
Su cabello caía con naturalidad, rozando ligeramente el cuello de Alejandro.
Ese leve cosquilleo parecía filtrarse directo hasta sus nervios.
Apretó la mandíbula y su voz profunda sonó ronca, como si estuviera frotando papel de lija.
—Valeria, ¿acaso te estás buscando un castigo a propósito?
Valeria torció los labios y, con un tono extrañamente plano, trató de sonar como la víctima.
—Mira, acabo de salir de la comisaría y ni siquiera te esfuerzas por consolarme. Con que no me hables ya es suficiente, ¿pero encima me regañas?

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