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Quiere Mi Corazón, Me Caso con Ciego Rico romance Capítulo 199

La primera frase fue puro sarcasmo, pero la segunda era una pregunta en toda regla.

—Ah.

Las manos de la mujer se deslizaron hacia su cuello, abrazándolo desde atrás en una pose tan íntima que cualquiera pensaría que eran una pareja profundamente enamorada.

—Lo golpeé porque se lo merecía. No quería que estuviera contigo, se la pasaba hablando pestes de ti frente a mí...

Valeria infló las mejillas, fingiendo estar indignada por la supuesta falta de respeto hacia él.

—Que hable mal de mí no me importa, ya estoy acostumbrada. Pero no voy a permitir que hable mal de ti.

—...

¡Quién le iba a creer semejante tontería!

Alejandro soltó un largo suspiro.

—Suéltame.

—... No quiero.

—¿No decías que querías salir? ¿Nos vamos o no?

—¡Sí, vamos!

Valeria soltó una carcajada traviesa, se hizo a un lado como una niña buena y observó cómo apagaba la computadora y se ponía de pie.

Sin esperar a que el hombre la pidiera, ella misma tomó su saco, se lo acomodó en el brazo y caminó detrás de él hacia la salida.

—Oye, ¿cómo se llaman tus amigos? ¿No deberías contarme un poco sobre cómo son para que no me agarren desprevenida cuando nos pongamos a platicar? Deberías... ¡Mmm!

Alejandro se detuvo en seco y le pellizcó suavemente la boca.

—Si vuelves a abrir la boca para soltar tonterías, hago que Santiago te lleve directo a tu casa. ¿Entendido?

La mujer parpadeó. Entendido.

Él la soltó.

Esta vez, Valeria sí cerró la boca.

Sabía cuándo no tensar más la cuerda. Además, lograr que Alejandro accediera a llevarla a conocer a sus amigos ya era una enorme victoria inesperada para esa noche.

El Club Primus estaba ubicado en el Anillo Central, a unos veinte minutos en auto.

Ese lugar era famoso por su seguridad estricta; una vez cruzando la entrada, no importaba cuán poderoso fueras, nadie armaba escándalos adentro.

El vehículo bajó al estacionamiento subterráneo. Las luces se encendieron una tras otra, revelando un verdadero desfile de autos de lujo que deslumbraba a cualquiera.

Santiago estacionó el vehículo, dio la vuelta por el frente y abrió la puerta trasera con cortesía.

Con total seguridad, Valeria tomó la mano del hombre y entrelazó sus dedos con los de él.

Justo un segundo antes de que él intentara zafarse, ella susurró:

—El señor Silva prometió compensarme, y si no me equivoco, el día de la boda me dijo que yo podía poner mis condiciones, ¿verdad?

Alejandro la miró fijamente. Antes de que pudiera contestar, el elevador llegó a su destino.

Salieron.

Pero la mano de Valeria siguió atrapada en la de él.

El potente sonido de la música retumbaba a lo lejos, diluyendo la tensión del ambiente.

Había mucha gente yendo y viniendo, incluso podían reconocerse varios rostros conocidos entre la multitud.

Justo antes de entrar de lleno a ese pozo de tentaciones, Valeria escuchó la voz gélida del hombre sobre su cabeza:

—Que una mujer sea lista es bueno, pero no seas demasiado arrogante. Porque si cruzas esa línea, ya no se trata de inteligencia, solo te vuelves fastidiosa.

Ambos caminaban de la mano, compartiendo el calor de su piel, pero con intenciones completamente distintas a tan corta distancia.

Valeria alzó la vista. El perfil esculpido del hombre estaba bañado por las luces intermitentes, por lo que no se lograba descifrar su expresión.

De pronto, sintió cómo se le encendía un inmenso deseo de conquista. Un hombre como Alejandro Silva... si lograba domarlo por completo... la satisfacción sería indescriptible.

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