El hombre cerró los ojos, dejando claro que no quería hablar con ella.
Valeria no se molestó. Sus grandes y expresivos ojos se movían de un lado a otro y, poco después, no pudo contenerse más. Se acercó y se apoyó en su hombro.
—¿Qué te dijo Dante Garza?
Silencio.
La ignoró.
—Tengo el presentimiento de que ese señor no trama nada bueno. Querer comprar mi empresa... Me parece que el amor ciego por su hija le está afectando la cabeza. Ni siquiera sabe con quién se está metiendo y habla como si fuera el rey del mundo.
El hombre seguía sin hablar, aunque sus párpados cerrados temblaron un poco.
Valeria lo observó fijamente un buen rato y, a propósito, le sopló suavemente en la cara.
Alejandro abrió los ojos de golpe.
—¿Te quieres morir hoy o qué?
—No, solo estaba comprobando si tú te habías muerto.
Valeria le sonrió, con los ojos curvados como medias lunas y una mirada juguetona y radiante que solo estaba fija en él.
—Antes te juzgué mal. Lo siento.
Alejandro miró el rostro que tenía a escasos centímetros. Su mirada era como un abismo sin fondo.
—¿Me juzgaste mal en qué?
—Pensé que me ibas a vender.
—Quítale el "pensé".
El hombre bufó levemente, apartando el brazo como si quisiera marcar distancia.
—Lo que pasó es que no llegamos a un buen acuerdo con el precio. Con lo que tú vales, no me iban a dar casi nada, así que me dio pereza el trámite.
Valeria parpadeó, tardando un segundo en procesarlo.
—¿Me estás llamando barata? ¿Acaso las personas se venden por kilo?
Alejandro no contestó, dándole la razón con su silencio. La comisura de sus perfectos labios se curvó en una sonrisa casi imperceptible, tan fugaz que pareció una ilusión.
Valeria bufó molesta un buen rato, pero como nunca sabía cómo ganarle a ese hombre, se limitó a lanzarle una mirada asesina.
Y así, entre tonterías, regresaron a Villa La Jacaranda.
Sabía que no podía volver a usar la misma táctica porque él la ignoraría por completo.
—Uy, ya voy...
Valeria saltó y se frotó los brazos. La verdad es que estar colgando del cuello de alguien era agotador. No entendía por qué a las parejitas jóvenes en las películas les gustaba tanto hacer esas cosas.
Alejandro no quiso decir ni una palabra más. Empezó a desabrocharse la camisa.
Fue directo al baño.
Valeria observó su espalda y sonrió.
De pronto, recordó algo. La calidez desapareció de su rostro y tomó su celular.
Camila le había enviado varios mensajes que no parecían tan urgentes, así que prefirió llamarla.
—¿Señorita?
—Mantente alerta con los movimientos de la familia Garza. Es posible que ese viejo no se quede quieto.
—¿Viejo...? —Camila no entendía nada—. ¿A quién se refiere, señorita?
Valeria echó un vistazo hacia el baño, dio media vuelta y entró en otra habitación. Puso el celular en altavoz y, mientras se quitaba la ropa, le resumió lo que había pasado con el intento de compra.
—Aitana Garza dijo una gran verdad: su familia lleva años controlando San Cristóbal. Si quieren causarnos problemas, será tan fácil para ellos como respirar. Tenemos que estar preparadas para cualquier cosa.

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