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Quiere Mi Corazón, Me Caso con Ciego Rico romance Capítulo 247

Camila no pudo evitar soltar un par de insultos.

—Esa Aitana Garza... se supone que es una gran estrella, ¿cómo es posible que haga este tipo de bajezas?

—Ser famosa es solo una profesión, no te dejes engañar por las apariencias —dijo Valeria entrando al cuarto de baño y dejando el celular en el lavamanos—. Como sea, más vale prevenir. Que alguien la vigile.

—Entendido.

Camila le dio un breve reporte de otros temas de trabajo y colgó.

Valeria estaba a punto de meterse a la ducha cuando un mensaje de texto no leído captó su atención. Miró el número en la parte superior de la pantalla, frunció levemente el ceño y se quedó inmóvil por un buen rato antes de entrar al agua.

Pasó media hora.

Cuando Alejandro salió, ya había un bulto envuelto en las cobijas sobre la cama.

Estaba encogida, de lado, completamente inmóvil, como si estuviera profundamente dormida.

Los ojos de Alejandro se oscurecieron. Caminó hacia el otro lado de la cama y levantó las cobijas.

Apenas se acostó, la mujer rodó hasta meterse en sus brazos.

—Duérmete tranquila. Si te vuelves a mover, te saco a patadas de aquí.

Valeria murmuró algo ininteligible en señal de asentimiento, pero su mano ya se había deslizado por debajo de la pijama del hombre. Abdomen perfecto. Definitivamente, se sentía de maravilla.

Alejandro intentó ignorarla, pero la mujer iba cada vez más lejos. Sus dedos rozaron el borde del pantalón con la suavidad de una pluma, enviando una corriente eléctrica por todo su cuerpo.

Y entonces, ella tiró un poco de la tela.

—Valeria...

—Valeria, me lleva el...

Antes de que él pudiera terminar, ella lo interrumpió imitando su tono autoritario. Retiró la mano de la zona de peligro y, en su lugar, se aferró a su cintura.

—No es eso. Es que tú siempre me rechazas —respondió ella, sonando muy sincera, casi herida—. Yo sé que no soy perfecta, pero afuera todo el mundo dice que soy hermosa. En cambio, tú no es que creas que no lo soy, es que ni siquiera me puedes ver, así que lo único que te provoco es molestia.

—Si sabes que me molestas, ¿por qué sigues echándote encima de mí?

—Porque soy terca y no me rindo fácil.

Valeria estudió su rostro con seriedad. Levantó una mano y acarició con cuidado sus cejas pobladas, su nariz recta, sus labios carnosos y la línea impecable de su mandíbula.

—Tengo un defecto: no me importa si el amor forzado funciona o no, yo quiero que sea mío a la fuerza. Además, me gustas muchísimo. ¿Cómo crees que voy a dejar que te vayas con otra? Eso nunca. No podría soportarlo.

Los ojos oscuros del hombre parecían dos pozos sin fondo. Nadie podría adivinar qué pasaba por su mente.

Pasó un largo rato.

El dedo suave y blanco de Valeria delineó el contorno de sus labios. Aún olía al suave gel de ducha. Ella tragó saliva y le dijo en un susurro coqueto:

—¿De verdad... no quieres?

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