Mauricio Guzmán levantó a Rosalía con sumo cuidado, revisando minuciosamente si estaba herida.
Una vez que terminó, se giró para mirar a Valeria.
Esta vez no dijo nada.
Pero su mirada gélida y penetrante lo decía todo.
—Hermana, sé que nos odias, pero papá no tiene la culpa —dijo Rosalía apoyando la mayor parte de su peso en el hombre, como si estuviera a punto de desmayarse, apenas con fuerzas para hablar.
Con el rostro pálido y voz débil, añadió:
—Cuando saliste no lo viste, pero papá ya se sentía mal del corazón.
—¿Y entonces a qué saliste tú?
—...
La pregunta dejó a Rosalía desconcertada.
Valeria repitió:
—Si papá está mal del corazón, ¿no se supone que una niña buena y obediente como tú debería quedarse a cuidarlo? ¿A qué sales a buscarme? ¿Para aprovechar y holgazanear?
Rosalía se quedó sin palabras.
—Valeria.
Mauricio no había dicho nada desde el principio, y ahora la miraba con frialdad.
—Ya te lo había advertido, no vuelvas a tocar a Rosa.
—¿Insinúas que viste cómo volvía a ponerle una mano encima?
El hombre guardó silencio.
Su mirada fruncida parecía responder: ¿Pues qué otra cosa?
—Dr. Guzmán, déjelo así... —Rosalía tiró de la mano de Mauricio y se mordió el labio—. No pasa nada, mi hermana se contuvo bastante hoy.
—...
Había que admitir que esa mujer tenía talento para hablar.
Sin duda, le estaba diciendo a Mauricio que en el pasado Valeria había sido mucho más cruel con ella.
Pero Valeria no tenía muchas virtudes, y la única que poseía era que nunca dejaba que la pisotearan en silencio.
Podían criticarla, pero no acusarla falsamente.
Y menos cuando estaba de mal humor.
Valeria borró toda expresión de su rostro y se dio la media vuelta para irse.
Ya no le interesaba perder el tiempo discutiendo con ese par.
Si un par de locos te atacan, simplemente devuelves el golpe, no te pones a debatir quién tiene la razón.
—Dr. Guzmán...
Al ver que el hombre seguía mirando en dirección a donde Valeria se había ido, Rosalía dejó entrever un destello de odio en sus ojos, y luego se llevó la mano al corazón.
—Mi hermana solo actuó por impulso, no la culpo, yo... yo creo que me siento un poco mal. ¿Podrías hacerme el favor de llevarme a casa?
La expresión de Mauricio se tensó. Levantó a la mujer en brazos sin dudarlo y entró a la casa a grandes zancadas.
Humberto Figueroa se llevó un buen susto al ver la escena.
—¡¿Qué pasó?!
Rosalía se mordió el labio con expresión afligida y trató de bajarse de inmediato.
Mauricio apretó el agarre y bajó la mirada para indicarle que se quedara quieta.
Cuando habló, su voz era helada:
—Señor Figueroa, debería ponerle límites a Valeria, de verdad se está pasando de la raya.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Quiere Mi Corazón, Me Caso con Ciego Rico