Al terminar de hablar, Valeria se zafó bruscamente de Humberto.
Él, sin tiempo a reaccionar, casi se va de bruces contra el suelo.
A Valeria le dio igual. Sus ojos enrojecidos se posaron en madre e hija, quienes también se sobresaltaron con la escena, olvidándose por completo del teatrillo que tenían montado.
Valeria esbozó una media sonrisa helada.
—En cuanto a eso del incendio y las tragedias, más les vale no echarme la culpa, no vaya a ser que sus mentiras se hagan realidad.
Al sentir la mirada afilada de Valeria, un escalofrío recorrió la espalda de Rosalía.
Tragó saliva y dijo con voz temblorosa:
—Hermana...
—Ya te dije que dejes de llamarme así, pareces lora chillona.
Valeria repasó con la mirada a los presentes, sintiendo un inmenso alivio al saber que pronto cortaría todos los lazos con ellos.
—Tienes razón, hagan su vida de familia perfecta como les dé la gana, pero no me metan a mí. Y de paso, no me vuelvan a llamar para venir, porque si pasa algo malo, yo no me hago responsable.
Dicho esto, dio media vuelta para salir. Al pasar junto a Humberto, se detuvo un instante.
—Que les vaya bien.
—...
Al ver a su hija alejarse, Humberto ni siquiera pensó en las consecuencias; solo sintió cómo la sangre le hervía en la cabeza y rugió:
—¡Valeria, si te atreves a cruzar esa puerta hoy, no vuelvas nunca más!
—...
Con la espalda erguida, Valeria no miró atrás.
—Papá... no te enojes, voy a buscarla. ¡Por favor, no te alteres, te vas a enfermar!
Con el rostro lleno de preocupación fingida y tras soltar un par de palabras consoladoras, Rosalía salió corriendo tras ella.
Logró alcanzar a Valeria justo en la entrada de la casa.
—¿Qué quieres?
Valeria miró a la mujer que parecía a punto de desmayarse con una ráfaga de viento y esbozó una sonrisa burlona.
—¿Vas a llamar a la policía?
Rosalía respiraba agitada.
—¿No tienes miedo?

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