Alejandro no respondió. Abrió los ojos, y su mirada profunda y lejana parecía envolver una emoción indescifrable.
Debido a los recursos limitados en la ambulancia, solo pudieron hacerle una curación básica.
Al llegar al hospital, le volvieron a limpiar y vendar la herida adecuadamente.
A pesar de haber perdido mucha sangre, Alejandro mantenía una rara lucidez y habló con voz grave: —Apúrense. Cuando terminen, salgan.
—Sí, señor.
Los médicos y enfermeras eran conscientes de que él no era cualquier persona, así que no se atrevieron a desobedecer.
El corte era largo y profundo; necesitó doce puntos de sutura.
Diez minutos más tarde.
En la habitación solo quedaban Valeria, Alejandro, y Santiago, quien estaba dando su reporte.
—Ese sujeto no quiere soltar palabra, pero ya averiguamos casi todo. Fue enviado por la familia Longoria, con el fin de arruinar a la señorita Valeria...
Al decir esto, Santiago observó de reojo la expresión en el rostro de Valeria y notó que no había la menor alteración; su semblante era idéntico al de su jefe.
Con razón estos dos hacían tan buena pareja.
Esa frialdad para no inmutarse ni aunque el mundo se viniera abajo no era algo que cualquier mortal poseyera.
—Si las cosas están así, entonces Hernán Longoria debe haber quedado completamente destrozado.
Valeria hasta se permitió una sonrisa. —Qué buena noticia.
Ya no podrá arruinarle la vida a nadie más.
La mirada inescrutable de Alejandro se detuvo en ella. Esta mujer, ¿de verdad no tiene miedo, o simplemente es demasiado descuidada?
Frunció el ceño y giró hacia Santiago para ordenarle: —Reúne todas las pruebas y entrégaselas a la policía; exige que procedan con todo el peso de la ley. Contratación de sicarios e intento de violación... el autor intelectual seguramente quiere pasar unas vacaciones de ocho a diez años tras las rejas. Concédanle el deseo.
Santiago asintió. —Entendido.
Se humedeció los labios y continuó.
—Sin embargo, lo más probable es que el responsable no sea Hernán. Él sigue en terapia intensiva. Es casi seguro que fue su padre, Octavio Longoria.
Valeria abrió los ojos de par en par. —¿No acababa de salir? ¿Por qué lo internaron otra vez?
—Alguien más le dio una paliza, y parece que fue bastante grave.
La mujer se agarró de su brazo y lo sacudió levemente. —Se nota que me quieres mucho.
Un dolor punzante hizo que Alejandro soltara un quejido involuntario. Abrió los ojos. —Señorita, ¿puedes quedarte quieta?
—¡Oh... perdón!
Valeria sacó la lengua de manera juguetona. —Pero dime, ¿tengo razón o no?
—Con tanta imaginación, ¿por qué no te dedicas a escribir libros?
—Porque estoy esperando a escribir nuestra historia de amor.
—...
Alejandro movió los labios, a punto de decir algo, pero finalmente optó por el silencio.
Eran, sin duda, quejas dirigidas a ella, pero a Valeria no le interesaba escucharlas. Su mirada se enfocó en el torso desnudo del hombre, en sus músculos esculpidos que derrochaban virilidad.
Mmm.
Incluso herido, es irresistible.

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