Se pasó la lengua por los dientes discretamente y lo miró con ojos brillantes. —Duerme un rato; te prometo que no te molestaré.
Alejandro arqueó una ceja, dejando en claro que no le creía ni una palabra.
Pero, para su sorpresa, ese día fue la excepción.
Valeria no solo no lo molestó, sino que tampoco le suplicó que durmieran juntos. Solo le pidió prestado el celular para jugar y se fue a sentar al sofá con él.
Alejandro la observó con su profunda mirada durante un rato, tragó saliva y, segundos después, cerró los ojos.
Aunque había dicho que jugaría, Valeria no encontró nada entretenido.
Abrió un par de juegos al azar, pero se aburrió enseguida y los cerró.
Levantó la vista y miró al hombre en la cama de hospital. Se veía tan sereno y apuesto, como una exquisita obra de arte.
Jugando con el teléfono entre sus manos, se quedó contemplándolo en silencio por un largo rato.
Luego bajó la mirada y abrió su WhatsApp.
Qué vida tan aburrida.
En la parte superior solo había fijado dos grupos de trabajo de la empresa. Más abajo, una multitud de mensajes sin leer que ni siquiera se había molestado en abrir.
Tras una rápida revisión, comprobó que no había vuelto a agregar a Aitana Garza a sus contactos.
Mmm.
Supongo que se ha portado bien.
Valeria esbozó una sonrisa, se quitó los zapatos y se recostó en el sofá. Después de todo, él era el herido, así que por esta noche le concedería un poco de paz.
Durmió en esa postura tan incómoda y, a la mañana siguiente, casi amaneció con tortícolis.
Abrió los ojos al sentir los primeros rayos del sol asomarse por la ventana.
Alejandro seguía durmiendo.
Seguramente estaba agotado. Ella se acercó a la cama y lo examinó minuciosamente por un buen rato sin que él diera señales de despertar.
—Sigue mirándome así y te sacaré los ojos.
—...
Valeria parpadeó, sacudida de su estupor, para encontrarse con los ojos del hombre ya abiertos.
Ella le sonrió y se inclinó para revisarle la herida, aliviada de que todo estuviera en orden.
—¿Te duele mucho?
Alejandro clavó su mirada en ella. La luz del sol incidía en sus ojos, dándoles un brillo oscuro y fascinante que resultaba inexplicablemente hipnótico.
—Oh, en seguida.
Santiago se apresuró a entregarle la ropa, manteniendo la cabeza agachada, casi mirando al piso.
Valeria la tomó y le echó un vistazo de reojo.
Alejandro preguntó: —¿Ya te encargaste de todo?
—Sí, ya entregué todas las pruebas a la policía y coordiné con los abogados para que le den seguimiento al caso.
—Bien, puedes retirarte. Llámame si surge algo.
—Sí, señor.
Sintiendo un gran alivio, Santiago huyó de la habitación como si su vida dependiera de ello.
Valeria reanudó su forcejeo con los pantalones de Alejandro. En el proceso, fue inevitable... rozarlo. Al bajarle un poco el pantalón, quedó a la vista el borde de su ropa interior estampada.
Le echó un par de vistazos.
—Tú...
La mirada inquisitiva de Alejandro la recorrió de arriba abajo. Se apoyó en el brazo izquierdo y se sentó de golpe, arrebatándole la bolsa de las manos. Al bajarse de la cama, le dio un toque en la mejilla con el dedo. —Sácate esas cochinadas de la cabeza.
Valeria: ... Oh.

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