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Quiere Mi Corazón, Me Caso con Ciego Rico romance Capítulo 371

Alejandro Silva estaba sentado en el vestíbulo del Consorcio Silva. Sus ojos, profundos e insondables, estaban fijos en la pantalla de su celular. En ese momento, unos mechones de cabello castaño ondulado cayeron sobre la pantalla, acompañados de un olor a perfume tan fuerte que casi lo hace toser.

Al levantar la vista, guardó el celular al instante. El párpado le temblaba de irritación.

—¿Tienes algún problema mental?

Sabrina Solís se irguió, mirándolo con diversión en sus brillantes ojos, y chasqueó la lengua.

—El gran presidente del Consorcio Silva, teniendo un romance a escondidas de sus empleados. Debería darte vergüenza.

—¿Estás muy desocupada? —Alejandro la miró de reojo. Por el rabillo del ojo vio a Santiago salir del ascensor, así que se levantó para marcharse—. Si te sobra el tiempo, puedo llamar a tu padre para que te organice un par de citas a ciegas.

Sabrina caminó a su lado hacia la salida, sin inmutarse por la amenaza.

—¿Valeria y tú ya viven juntos oficialmente?

El hombre no respondió. Abrió la puerta del auto y se acomodó en el asiento.

Ella apuró el paso y subió por el otro lado.

Alejandro le lanzó una mirada, pero no la echó, lo que se interpretó como una aceptación tácita.

Santiago, que conocía la relación que tenían, encendió el motor sin decir nada.

En el asiento trasero, Alejandro cerró los ojos con actitud displicente.

—¿Para qué me buscabas?

—¿Quién te dijo que te estaba buscando a ti? —resopló Sabrina, rebosante del orgullo típico de la señorita Solís—. Todavía no me has respondido, ¿lo tuyo con Valeria va en serio?

—No.

—¿Entonces de quién era ese mensaje que mirabas hace un momento?

—De un vendedor.

—...

Sabrina apretó los dientes en silencio. Este hombre mentía con tanta naturalidad que sacarle una sola verdad era más difícil que llegar a la luna.

Alejandro mantenía los ojos cerrados. Esa actitud siempre le daba un aura de misterio, haciéndolo parecer un ser inalcanzable, frío y contenido, haciendo creer que cada palabra suya era una verdad absoluta.

Sabrina lo observó fijamente durante un rato, se ofendió, se cruzó de brazos con un bufido y volteó la cara hacia la ventana.

El viaje hasta Villa La Jacaranda transcurrió en completo silencio.

Santiago notó que el ambiente estaba un poco tenso, pero no tuvo más remedio que anunciar:

—¿A qué hora llegaste?

—...

Sabrina soltó una risa irónica por el coraje.

—No te diste cuenta, ¿verdad? Llegué junto con tu hombre.

—Oh.

Y nada más.

Al ver a este par de descarados pasar por su lado, a Sabrina casi se le quiebran los dientes de tanto apretarlos. Entró detrás de ellos, escuchando la irritante voz de esa mujer que no dejaba de parlotear.

—¿Quieres bañarte primero? ¿Te ayudo?

Alejandro le dirigió una mirada.

—No hace falta.

—Entonces te espero abajo para cenar.

Toda la atención de Valeria estaba centrada en el hombre. Cuando por fin se dio la vuelta, su expresión cambió por completo; miró a Sabrina un par de segundos y caminó hacia la sala para sentarse.

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