Sabrina: ...
¡Esto debía ser una maldita broma!
—Sin ofender, Valeria, pero ¿te pateó un caballo en la cabeza?
Sabrina se acercó a ella con pasos firmes, con un tono casi amenazante.
—¿Ya viste cómo te trata Alejandro? ¿Acaso te salvó la vida? ¿Por qué sigues pegada a él como chicle? Actúas como si no pudieras conseguirte otro hombre.
—Bueno, de hecho, sí me salvó la vida.
—...
Ante esa respuesta, Sabrina recordó de golpe que había ido precisamente a ver cómo estaba Alejandro, solo que el hombre tenía la lengua tan afilada que no parecía estar herido en absoluto.
Sabrina se apartó el cabello, dejando al descubierto sus clavículas perfectas y un escote pronunciado.
Tenía curvas envidiables. Una figura de infarto.
Valeria le lanzó una mirada perezosa.
—Si quieres quítate la ropa de una vez, yo también disfruto del paisaje.
—Ya quisieras —Sabrina se apoyó contra el reposabrazos, clavando una mirada insondable en la mujer frente a ella—. Hablando en serio, ¿cuándo vas a terminar con Alejandro? Por ahora parece que no le gustas tanto, pero si llega a enamorarse de verdad, me preocupa que ustedes dos terminen incendiando el mundo.
Ninguno de los dos era fácil de manejar.
Uno tenía una mente calculadora; la otra, demasiados secretos.
Valeria, por supuesto, no iba a responder a provocaciones sin sentido.
—Si no tienes nada más que hacer, deberías irte. No interrumpas nuestro tiempo a solas.
—¿Qué? ¿Apenas llega y ya van a la cama?
—...
—Háganlo, no hay problema. Yo me quedo aquí a darles ánimos.
—...Sabrina, ¿no tienes vergüenza?
—Somos adultos, ¿qué tiene de malo hablar de esto? Además, me da curiosidad ver cómo se porta ese bloque de hielo en la cama. Debe ser endiabladamente sexy, ¿no?
Valeria se abalanzó sobre ella.
—¡Sabrina, vuelve a fantasear con mi hombre y verás!
—¿Y qué si lo hago? Hasta ganas me dan de acostarme con...
—...
—¡Valeria! ¡¿Te atreves a tocarme el pecho?!
La guerra entre mujeres estalló de inmediato. No era más que un caos de pellizcos, jalones de cabello y una encarnizada batalla campal con los cojines del sofá.
Alejandro ni se inmutó. Sus ojos oscuros seguían fijos en Valeria.
—¿Quieres vengarte?
Los ojos de Valeria se iluminaron.
—¡Sí!
El hombre frunció el ceño con fingido desagrado.
—Estás sudando, ve a bañarte primero.
—¿Y ella?
—Yo me encargo de ella.
Con esa promesa, Valeria alzó una ceja, triunfante. Parecía un pavo real desplegando sus plumas, sabiendo que alguien la respaldaba.
Sabrina maldecía entre dientes. En cuanto Valeria subió las escaleras, se puso a la defensiva, mirando a Alejandro con desconfianza.
—¡Ni te acerques! Cuando estoy de buen humor hasta te llamo hermano, además... ¡ella está mintiendo!
Alejandro la miró con indiferencia, dio un paso largo y se sentó en una silla, ya que el sofá era un desastre sin espacio libre.
Su voz tranquila no delataba ninguna emoción.
—Ayer sufrió un gran susto. Sé un poco más comprensiva con ella.

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