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Quiere Mi Corazón, Me Caso con Ciego Rico romance Capítulo 373

Sabrina abrió los ojos de par en par, atónita durante varios segundos. No podía creer que esas palabras hubieran salido de la boca de Alejandro.

—Yo... ¿ella?

De repente se quedó sin palabras.

Esa sensación era frustrante. El rostro de Sabrina enrojeció de indignación.

—Olvídalo, no me voy a rebajar a tu nivel —era inútil discutir con él, y no tenía caso perder el tiempo en tonterías cuando había asuntos más importantes—. Vine a verte hoy principalmente para saber cómo seguías, y de paso pedirte un pequeño favor.

Alejandro esbozó una media sonrisa.

—¿No será al revés?

Vino a pedirle un favor y de paso a ver si aún estaba en condiciones de ayudarla.

—Ay, por favor.

Eso no importaba.

Sabrina agitó la mano, restándole importancia, se aclaró la garganta y preguntó:

—¿Me vas a ayudar o no?

—No.

—... ¡Este hombre!

Ya había soportado demasiados corajes por un día. Milagrosamente, Sabrina no estalló de rabia. Se apartó el cabello, dejando ver todo el esplendor de su hermoso rostro.

—A ver, conseguir a otro que me haga el favor no me costaría nada, pero si te niegas, vas a perderte una excelente oportunidad de conocer mejor a Valeria. ¿De verdad no te interesa?

La imponente figura del hombre se reclinó en la silla, destilando una elegancia perezosa pero deslumbrante.

—Habla.

—Tengo un exnovio, ya lo sabes.

Sabrina se enderezó para disimular su nerviosismo, adoptando su habitual postura orgullosa.

—Regresa al país, y escuché que traerá a la persona que le gusta. No puedo quedar en ridículo. ¿Tendrías el corazón de verme perder ante él?

Alejandro ignoró automáticamente todo el drama innecesario y fue directo al punto débil.

—¿Aún no lo olvidas?

—¡Claro que no!

Sabrina lo negó rotundamente.

—¿Qué podría extrañar de una basura como él? Pero ¿quién soy yo? Soy Sabrina Solís, ¿crees que voy a dejar que me humillen? ¿Me vas a ayudar o no?

Este maldito hombre... ¿no había nadie que le diera un buen golpe para que reaccionara?

Sabrina se palmeó el pecho intentando calmar su respiración, pero la frustración no cedía. Abrió su bolso, sacó un cigarrillo y un encendedor. Justo cuando iba a encenderlo, escuchó de nuevo esa irritante voz:

—Si vas a fumar, hazlo afuera.

¡Por supuesto que no le haría caso!

Lo encendió y le dio una calada.

El humo se deslizó frente a su rostro como un velo tenue.

Sabrina levantó la mirada hacia el segundo piso y luego bajó la vista para dar otra calada, sus labios rojos coincidiendo exactamente con la marca que ya había dejado en el filtro.

—Sé que eres muy capaz, pero hay cosas que no podrás descubrir por mucho que intentes investigarlas.

Claro, ella también sabía que Valeria no podría ocultarlo para siempre.

De lo contrario, no estaría usando ese secreto como moneda de cambio.

Los profundos ojos de Alejandro se fijaron en Sabrina. Frotó ligeramente las yemas de sus dedos y, tras un largo silencio, dijo con voz grave:

—Te escucho.

Sabrina curvó los labios en una sonrisa. Que dijera eso significaba que ya había aceptado ayudarla.

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