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Quiere Mi Corazón, Me Caso con Ciego Rico romance Capítulo 377

A las siete y media de la noche, el auto de Alejandro recogió a Sabrina para dirigirse a la Corporación Oriente.

En cuanto subió al coche, Sabrina se pegó a él.

—Para que nuestra actuación sea creíble, vamos a ensayar un poco. A ver, dime "mi amor".

El hombre, con el rostro serio y frío, apartó bruscamente el brazo que ella había rozado.

—O te alejas medio metro, o te largas del auto en este instante.

A Sabrina le hirvió la sangre, pero sabía perfectamente que ese hombre era capaz de dejarla botada en la calle. Así que, a regañadientes, se hizo a un lado.

—De verdad no te entiendo. Todo el día andas con esa actitud de intocable. ¿Estás preparándote para volverte monje o qué? ¿Cómo es que Valeria te soporta?

—Ocúpate de tus propios asuntos.

Alejandro mantenía la vista fija al frente.

—Te lo advierto desde ya: nada de andar tocándome durante la fiesta. Te quedas paradita a un lado y te dejo lucirte. Si intentas pasarte de lista, ya sabes lo que pasará.

—...¿A qué te refieres con no tocarte?

Sabrina estaba indignada.

—Te pedí que fingieras ser mi novio. ¿Agarrarnos de la mano te parece demasiado? Yo hasta quería que me dieras un beso.

—Sabrina.

El hombre le lanzó una mirada fulminante.

—No seas ridícula.

—¡¿Ridícula yo?!

¡Maldita sea la paciencia que tenía que tener!

—Sin ofender, Alejandro, ¿pero qué te crees? ¿Acaso no sabes la fama que tengo? ¡Los hombres que se mueren por mí harían una fila desde aquí hasta Francia! ¿Y tú me llamas ridícula?

—Pues debes tener muy buena vista si logras ver Francia desde aquí. ¿Eres clarividente o algo así?

—¡Tú...!

Olvídalo, olvídalo...

¿Para qué pelear con él? ¡Si me callo me da un ataque!

—Ya lo entendí, Alejandro... Tienes bien merecido haber estado soltero por más de veinte años. Y tienes bien merecido que Aitana te haya rechazado. Valeria debió haberse quedado ciega para fijarse en ti. ¿Seguro no la estás chantajeando con algo?

¡Cállate ya!

—Alejandro, eres terco como una mula. Para serte franca, si no fuera por el apellido Silva que te respalda, ¿crees que alguien allá afuera se molestaría en hacerte caso?

—Claro, pero tú naciste en la familia Solís y tampoco veo a nadie rogando por ti. Hasta un infeliz te dejó botada.

—...

¡Si le volvía a dirigir la palabra, dejaba de llamarse Sabrina!

Sintiéndose completamente humillada, al bajar en la Corporación Oriente, Sabrina agarró del brazo a Alejandro a la fuerza y le susurró entre dientes:

—Hay mucha gente mirando. Si te atreves a soltarme ahora, te juro que te mato.

No se sabía si fue esa amenaza o si Alejandro, por primera vez, decidió portarse decentemente, pero esta vez no la apartó.

Era una gala de alto perfil organizada por una empresa de renombre internacional; todos los invitados eran figuras influyentes.

Desde el instante en que Alejandro y Sabrina cruzaron la puerta, acapararon las miradas.

Algunos conocidos del ámbito empresarial se acercaron a saludarlos, copas en mano.

Como Alejandro no podía beber, le tocó a Sabrina asumir esa responsabilidad. Apretando los dientes en una sonrisa forzada, fulminaba con la mirada al hombre a su lado, quien mantenía una postura elegante y relajada, actuando como si el problema no fuera con él.

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