Después de dar toda una vuelta saludando gente, las mejillas de Sabrina ya estaban teñidas de un ligero rubor.
—Alejandro, juro que creo que me estás haciendo esto a propósito.
—¿Tú eres la que se pone a tomar todo lo que te ofrecen y yo tengo la culpa?
—Esta noche vengo en calidad de tu pareja. Además, casi todos estos tipos me conocen; yo represento a mi familia aquí, no puedo simplemente desairarlos. ¿Quieres que mi padre me cuelgue?
—Si te cuelga, le pediré a Sandro que vaya a recoger tu cuerpo.
—... ¡Maldito!
Con frustración, Sabrina estrelló su copa sobre una mesa cercana. El cristal crujió con fuerza, y el tallo de la elegante copa se partió por la mitad, sin piedad.
Un mesero que estaba cerca se giró a mirarla, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.
—Yo... no fue mi intención.
Sabrina levantó las manos. Ni siquiera parecía apenada. Soltó un suspiro, echó un vistazo rápido al salón y murmuró:
—Voy al baño.
Mientras caminaba, su mirada barría el lugar, como si estuviera buscando algo.
Llegó a la puerta del baño.
El largo pasillo estaba vacío, cubierto con una alfombra tan gruesa que sus pasos no hacían el menor ruido.
Pero tras avanzar un par de metros, Sabrina se quedó paralizada.
No muy lejos, una figura alta y masculina estaba apoyada contra la pared.
La tenue luz perfilaba sus facciones definidas, dejándolo mitad a oscuras y mitad iluminado. Su porte y complexión no tenían nada que envidiar a un modelo de revista, y emanaba un aura de poder sutil pero abrumadora.
El hombre giró la cabeza para mirarla, y su tono de voz fue bastante relajado.
—Señorita Solís, cuánto tiempo sin verla.
Sabrina se quedó de una pieza durante un par de segundos antes de esbozar una sonrisa fría.
—Vaya que ha sido mucho tiempo. De hecho, yo creía que ya te habías muerto.
—
Una gala, en resumidas cuentas, no era más que un evento donde personas influyentes montaban un escenario para socializar y hacer contactos de negocios.
Tan pronto como Sabrina se fue, Alejandro buscó un lugar apartado para sentarse.
Su postura relajada y despreocupada intimidaba a los que tenían intenciones de acercarse a hacerle la plática, manteniéndolos a raya.
—Sí, claro.
La mujer hizo un puchero.
—Como no estabas, no me quedó de otra que venir por mi cuenta.
Varias personas alrededor comenzaban a mirarlos. Valeria los ignoró por completo, se levantó con pereza y se sentó a su lado, luciendo su atuendo.
—¿Te gusta?
Llevaba un vestido negro de corte sirena con escote palabra de honor, decorado con destellos sutiles que la hacían brillar como si llevara un cielo estrellado sobre la piel.
—Feo.
Al segundo siguiente, la sonrisa de la mujer desapareció.
Y él recibió un golpe seco directo en el estómago.
—¿Cuándo vas a quitarte esa maña de decir lo contrario a lo que piensas?
—... —Alejandro tomó una respiración profunda. No tenía ganas de discutir con ella, así que giró la cabeza hacia otro lado.
Valeria sintió que algo andaba mal, pero no lograba poner el dedo en la llaga. Después de todo, Alejandro siempre había tenido esa actitud distante y fría con ella. ¿Acaso dos días sin verse los había vuelto a distanciar?

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