Mientras la tormenta azotaba la ciudad, Valeria durmió de lo más profundo.
Se levantó, se arregló y arregló el envío de todas las cosas que había dejado en el hotel, despachándolas a nombre del mismo establecimiento.
Una vez que entregó la habitación, se quedó de ver con Ofelia Ibáñez para almorzar.
—Con esa actitud de agarrar tus cosas e irte así de la nada, ¿de verdad ya lo pensaste bien?
—¿Qué más queda?
Valeria le dio un sorbo a su jugo y se recargó perezosamente en la silla.
—Ya sea un lugar o una persona, cuando te cansas de ver lo mismo, necesitas nuevos aires.
Ofelia chasqueó la lengua mientras negaba con la cabeza.
—¿Quién lo diría? En estos tres años parecía que estabas perdidamente enamorada de Mauricio, y resultaste ser tú la primera en mandarlo a volar.
Soltó un suspiro profundo e hizo una mueca.
—Pero bueno, ese tipo de verdad es una basura. ¿Y qué con que el otro sea el heredero de San Cristóbal? Te vas a casar con un magnate de las mismas ligas, que a lo mejor es mil veces mejor que él.
En cuanto a eso, Valeria no albergaba ninguna esperanza.
Hasta el momento ni siquiera conocía la cara de Alejandro Silva, y además el pobre hombre no veía...
Quién sabe.
Al verla sumida en sus pensamientos, los ojos de Ofelia brillaron de forma pícara.
Y soltó de repente:
—Mira, ya que te vas... ¿y si nos echamos unos tragos?
Valeria se echó a reír.
—¿Unos tragos? El que no nos conozca va a pensar que somos un par de borrachas que no pueden vivir sin el alcohol.
Cinco minutos después, el mesero llevó a la mesa una exclusiva botella de Romanée-Conti. Al servir el líquido escarlata en las elegantes copas, la textura del vino dejaba claro que no era cualquier cosa.
Ofelia levantó su copa y brindó.
—A partir de este instante, ese perro de Mauricio Guzmán está completamente eliminado de la ecuación. Y tu matrimonio con la familia Silva tampoco tiene que ser una condena.
—¿Y qué si es ciego? A lo mejor precisamente por eso terminas quedándote con todo en la familia Silva. Llena de dinero y sin que ningún hombre te esté controlando la vida, ¡qué maravilla!
A Valeria le dio un leve tic en el ojo, pero terminó asintiendo.


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