Ofelia se metió al coche y no dejó de asomar la mano por la ventanilla.
—¡Buen viaje, mi Vale! ¡Te voy a extrañar un mundo!
...
Valeria siguió con la mirada al vehículo mientras se alejaba. Como no se quedaba del todo tranquila, le mandó las placas al chofer de la familia Ibáñez para que estuviera pendiente.
Faltaba poco para las tres, y el vuelo salía en dos horas.
El cielo mostraba su constante cambio; un fuerte ventarrón barrió con la última corriente de aire frío, marcando la inminente llegada del calor del verano.
Valeria pensó que una tormenta de pensamientos inundaría su cabeza, pero la realidad era que... con los nervios anestesiados por el alcohol, se subió al coche que la llevaría al aeropuerto en absoluta calma.
El automóvil se deslizó velozmente por el viaducto, dejando atrás las calles y paisajes conocidos de la ciudad.
Su celular comenzó a sonar.
Era Camila.
Valeria se lo llevó a la oreja. La voz de su asistente revelaba un nerviosismo inusual en ella:
—Esto está muy mal, señorita Valeria. El Dr. Guzmán la está buscando como loco por todos lados. Dice que la va a encontrar así tenga que levantar las piedras, y además...
—¿Y además qué?
—Ordenó que bloquearan el aeropuerto. Me temo que hoy no vamos a poder irnos.
—¿Con que sí?
Valeria soltó una carcajada hueca y sin el menor asomo de sorpresa.
—Entonces ya se enteró de que saqué un vuelo para San Cristóbal y está cien por ciento seguro de que puede detenerme.
Al escuchar el aplomo en la voz de su jefa, Camila logró tranquilizarse un poco.
—Señorita, ¿qué hacemos entonces?
—Nada.
Valeria miraba por la ventana, con el rostro carente de toda expresión.
—Tú vete al aeropuerto como habíamos quedado, yo me encargo del resto.
—...Entendido.
—No te angusties, solo asegúrate de que no te atrapen a ti.
—De acuerdo.


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