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Quiere Mi Corazón, Me Caso con Ciego Rico romance Capítulo 5

Valeria era la que estaba más expuesta, y debido al dolor en su pierna, no tuvo tiempo de reaccionar. Sin la menor posibilidad de defenderse, fue arrollada y lanzada al suelo.

Antes de perder por completo el conocimiento, la última imagen que captaron sus ojos fue la de Mauricio revisando minuciosamente a Rosalía, asegurándose de que estuviera bien, sin siquiera voltear a ver en su dirección.

Cuando despertó, estaba de regreso en la villa.

Valeria abrió los ojos lentamente, y los intrincados patrones del techo fueron lo primero que vio.

Intentó mover el brazo, pero la zona afectada ya estaba cubierta de vendas; el menor movimiento desataba un dolor agudo y punzante.

Fantástico...

De por sí ya tenía una pierna defectuosa, y ahora resulta que el brazo también estaba a punto de quedarle inútil.

En ese momento, el sonido de sollozos ahogados llegó a sus oídos. Valeria giró la cabeza y descubrió que Rosalía y Mauricio estaban en la habitación.

—Dr. Guzmán... todo es mi culpa. Si no te hubieras enfocado en protegerme, no habrías ignorado a mi hermana. Si no fuera por mí, ese accidente nunca habría ocurrido.

El hombre descansaba una mano sobre el hombro de Rosalía, reconfortándola con suavidad.

—¿Cómo va a ser tu culpa?

—Fue Vale quien no prestó atención. Ni siquiera se dio cuenta de que venía un vehículo. Que tú no hayas salido lastimada ya es un milagro. No intentes echarte la culpa de todo, ¿de acuerdo?

Rosalía, con el rostro bañado en lágrimas, alzó la mirada dejando ver sus pestañas temblorosas.

—¿De verdad no estás enojado conmigo, Dr. Guzmán?

—Por supuesto que no.

Mauricio esbozó una ligera sonrisa.

—Ya no llores, o si sigues llorando vas a parecer una conejita asustada.

La escena destilaba un afecto tan conmovedor que ninguno de los dos notó que Valeria, en la cama, ya había abierto los ojos.

Incapaz de soportarlo más, habló.

—Si van a coquetear, lárguense de mi cuarto y dejen de contaminar el aire.

El repentino sonido de su voz los tomó por sorpresa. Rosalía se encogió por instinto hacia el pecho del hombre, pero al darse cuenta de lo que hacía, retrocedió rápidamente.

—Hermana, ya despertaste...

Tenía las mejillas encendidas y jugueteaba con sus manos, sin saber qué hacer.

—El Dr. Guzmán y yo... solo estábamos muy preocupados por ti. Por favor, no lo vayas a malinterpretar.

Mauricio permaneció en silencio por unos segundos. Quizá se dio cuenta de que su comportamiento había cruzado un límite, porque su tono de voz bajó.

—Rosalía era la que estaba más cerca de mí en ese momento. Fue una reacción completamente instintiva. Valeria, ¿de verdad te vas a enojar conmigo por algo tan insignificante?

Estaba cerca. Fue instinto. Fue coincidencia.

A Valeria no le sorprendió en absoluto que usara exactamente las mismas excusas de siempre para justificar su devoción por Rosalía.

Cansada de escuchar palabras vacías, cerró los ojos y sentenció con frialdad:

—Quiero descansar. Sal de mi habitación.

—Vale...

—Largo.

—...

Tras dos segundos de silencio, los pasos del hombre comenzaron a alejarse.

Solo entonces Valeria dejó escapar el aire que había estado reteniendo en el pecho, sintiendo un leve alivio.

Antes, rara vez perdía los estribos cuando estaba con Mauricio, pero el espectáculo que había presenciado hoy le daba suficientes motivos para hacer que él reflexionara un poco.

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