El asistente condujo a máxima velocidad, llegando al edificio de Estrella Media en menos de veinte minutos. Se bajó primero y le abrió respetuosamente la puerta trasera a su jefe.
—Señor Guzmán.
Mauricio alzó la mirada hacia el imponente rascacielos que se erguía ante él, y su estado de ánimo se ensombreció aún más.
Se ajustó el saco y avanzó hacia la entrada con zancadas largas.
A medida que el elevador subía piso tras piso, el ceño del hombre se fruncía con más fuerza.
Llegaron.
En el instante en que las puertas se abrieron, el semblante de Mauricio se tornó negro de ira. Esa mujer... ¡de verdad había tenido la audacia!
El asistente, parado a un lado, ni siquiera se atrevía a respirar.
¿Qué empresa era esa?
En la entrada no había más que montones de basura, y las grandes plantas ornamentales de la recepción estaban secas y amarillentas, dejando solo troncos desnudos.
Hacia el interior, la oficina estaba completamente saqueada; no quedaba un solo equipo, mueble o escritorio. Aparte de los papeles tirados en el suelo, el piso estaba desierto.
—S-Señor Guzmán.
Al asistente se le erizó la piel.
—Al parecer, la señorita Valeria se adelantó y vació el lugar.
Las manos de Mauricio, que colgaban a los costados, se cerraron en puños tan apretados que parecían estar a punto de romperse los nudillos.
—Dime... ¿desde cuándo crees que empezó a planear todo esto?
...
Y él, ¿cómo iba a saberlo?
El pobre asistente tenía cara de tragedia, y después de dudar un buen rato, soltó su hipótesis:
—¿No será... que la señorita ya tenía pensado mudar la empresa desde hace tiempo?
En ese momento, se le prendió el foco y exclamó:
—¡Acabo de recordar que el señor Figueroa es el accionista mayoritario de esta empresa! Mientras él no dé su firma, la empresa no puede salir legalmente de Puerto Azul. ¡La señorita Valeria va a tener que regresar tarde o temprano!
Mauricio se mofó de él:
—¿Acaso crees que ella es tan imbécil como tú?
... ¿Y él qué culpa tenía de eso?
—Si ya tenía todo esto planeado desde hace tiempo, es lógico que haya resuelto esos problemas con anticipación. Humberto Figueroa... seguramente ni siquiera sospecha lo que está pasando.
Mauricio tomó una profunda bocanada de aire y dijo con frialdad:

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