Era un número desconocido, pero esa voz... sin duda pertenecía al desgraciado de Mauricio Guzmán.
Sonrió con frialdad y cruzó las piernas, lista para la batalla.
—Soy yo. ¿Tú quién eres?
—Soy Mauricio Guzmán.
—Ah, ¿y quién es Mauricio Guzmán?
—...
Mauricio frunció el ceño. No estaba seguro de si esa mujer lo estaba haciendo a propósito. Después de una pausa, respondió:
—Soy el novio de Valeria. Mauricio Guzmán.
—Ah... —Ofelia emitió un sonido prolongado y lleno de sarcasmo—. Con que el gran doctor Guzmán. ¿Qué mosca te picó hoy para que me estés llamando?
Mauricio estaba completamente seguro de que esa mujer sabía el paradero de Valeria.
Reprimió la rabia y dijo con voz grave:
—Quería preguntarle, señorita Ibáñez, ¿dónde está Valeria?
—¿Y yo cómo voy a saberlo?
Ofelia movió el pie, relajada.
—Le estás preguntando a la persona equivocada.
—Señorita Ibáñez... —Mauricio habló casi entre dientes, pero manteniendo un tono relativamente educado—. En este momento no puedo encontrar a Valeria. ¿Podría hacerme el favor de comunicarse con ella? Se lo recompensaré con creces.
¿Quién necesitaba sus estúpidas recompensas?
Qué asco.
Ofelia rodó los ojos.
—De verdad no tengo idea. Aunque hace un par de días me contó una historia muy curiosa... Algo sobre una hermana que le robaba el novio a la otra, y cómo el novio ayudaba a la hermana a intentar matarla o algo así...
—Ay, pobre. Quizás la historia fue tan conmovedora que no pudo soportarlo.
Al escuchar el tono exagerado a través de la línea, la respiración de Mauricio se volvió más pesada.
Valeria...
Ella lo sabía todo.
Mauricio apretó el celular con tanta fuerza que casi lo rompe. Sus ojos parecían los de un lobo furioso, despiadados y fríos.
El asistente tragó saliva, nervioso.
—¿Señor... Guzmán?
¿Qué demonios había pasado?
Los músculos de la mandíbula de Mauricio temblaron levemente. Tardó un buen rato en apartar el teléfono de su oreja antes de rugir:
—¡Sigan buscando! ¡Así tengan que voltear Puerto Azul de cabeza, encuéntrenla!
Bajó al estacionamiento subterráneo y subió al auto.
Apoyó las manos sobre las piernas y cerró los ojos para intentar calmarse.
El asistente, sentado en el asiento del conductor, ni siquiera se atrevía a preguntar adónde irían.
Justo cuando la tensión en el ambiente se volvía asfixiante, el celular de Mauricio sonó con un bip.
Había recibido un mensaje de texto. El remitente era... Valeria.

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