—¿Ya están todos?
—Sí, insistieron en esperarla para empezar a cenar.
Valeria asintió y dio un par de pasos antes de detenerse de repente.
Volteó la mirada.
El hombre en la entrada tenía una cara de embobado monumental, parecía un completo idiota.
Ella esbozó una sonrisa deslumbrante.
—...
Esa sonrisa terminó de arrebatarle el alma a Santiago. Hablando en serio, en toda su vida nunca había visto a una mujer tan espectacular.
Con esa cara, ¿para qué quería ser jefa de una empresa?
¡Si se metiera al mundo del espectáculo, acabaría con todas!
Santiago se limpió una baba imaginaria, sin poder sacudirse la impresión. Levantó la muñeca para ver la hora; ya habían pasado casi diez minutos y el señor Vargas seguía sin aparecer.
No... tenía que ir a comprobar si esa mujer era la famosa jefa de la que hablaban en el salón de al lado.
Si resultaba ser cierto, ¡haría una pareja perfecta con el jefe!
Regresó al salón privado.
El hombre mantenía la misma postura de antes, con sus largos dedos apoyados despreocupadamente en el borde de la mesa, dejando entrever las venas del dorso de su mano.
Santiago intentó escuchar a través de la pared, pero ya no había ningún ruido.
—Jefe... ¿se habrán cambiado de salón?
El hombre no cambió de expresión.
—¿Quieres ir a preguntarles?
—... Mejor no.
Santiago se sentó, incapaz de contener sus ganas de hablar.
—¡Hace un momento vi a una mujer espectacular en la entrada! Se lo juro... Si yo fuera representante de talentos, ¡la contrataría sin dudarlo ni un segundo!
—¿Y por qué no la contrataste?
—¡Yo...!
¡Él no era representante de talentos!
Santiago miró el rostro del hombre e hizo un puchero murmurando:
—Al final solo me preocupo por usted. Don Carlos está a punto de obligarlo a casarse con una mujer que ni conoce, ¿y a usted no le da ni un poco de miedo?
—¡Si resulta ser horrible, no quiero ni imaginar qué va a hacer!
La mirada del hombre parecía perdida en el vacío. Si uno se fijaba con atención, se daría cuenta de que en sus ojos había una especie de frialdad insondable.
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