Valeria miró hacia atrás, y sus pupilas claras y hermosas se contrajeron de golpe: ¡era él!
Alejandro Silva ya se había acostumbrado a la oscuridad. Por su apariencia, no se distinguía en nada de una persona normal. Su mirada oscura atrapó de inmediato al hombre y a la mujer que estaban en la puerta.
Tenía una mano metida en el bolsillo del pantalón de vestir, con una postura tan recta y afilada como una cuchilla.
Extendió la mano.
—Valeria, ven aquí.
Valeria se sorprendió de que él supiera su nombre, pero no dejó escapar ninguna emoción en su rostro.
—Dr. Guzmán, ¿lo escuchó? Por favor, suélteme.
Los músculos del rostro de Mauricio Guzmán estaban tensos. No dijo nada ni aflojó su agarre.
Con razón...
¡Con razón había planeado todo para venir directamente a San Cristóbal! ¡Con razón se mostraba tan confiada!
¡Resultaba que ya se había enganchado con ese ciego de la familia Silva!
Él originalmente pensó que, una vez terminada la cirugía de la válvula cardíaca de Rosalía, efectivamente podría dejar que Valeria la sustituyera y se uniera a la familia Silva.
Pero pensarlo era una cosa, y presenciar esta escena era otra muy distinta.
Mauricio se arrepintió.
¡Le resultaba imposible ver a la mujer que tanto lo amaba estando al lado de otro!
—¿Y si me niego?
¿Negarse?
La respiración de Valeria se volvió pesada, y con un movimiento brusco, se liberó de su agarre y caminó rápidamente hasta colocarse junto a Alejandro.
—Mauricio, te lo diré por última vez. Ya terminamos, así que espero que dejes de acosarme.
—¿Acosarte?
Mauricio entrecerró los ojos y miró de reojo al hombre a su lado.
Aunque tuviera un rostro apuesto, seguía siendo un ciego, ¿de qué servía?
Clavó su mirada profunda en Valeria.
—Vale, ya te dije que no acepto esta ruptura. No tienes que usar a otros para ponerme a prueba constantemente. Si te gusta San Cristóbal, nos mudaremos aquí de ahora en adelante.
Valeria esbozó una sonrisa.
—¿Y dejarás a tu querida Rosalía?
—Ella está en Puerto Azul, no interferirá en nuestras vidas.
—Ja.
Qué bien planeado lo tenía todo.
—Sí.
Levantó la mano para revisar la hora; ya habían pasado diez minutos.
Se suponía que Alejandro Silva llegaría en cualquier momento.
—¿Nos pasamos el WhatsApp? Yo lo escaneo.
Las comisuras de los labios de Alejandro se curvaron ligeramente. Con total calma, sacó su celular, lo desbloqueó y se lo entregó.
—Hazlo tú.
Valeria sonrió un poco y abrió el código QR.
Sin embargo...
Con el sonido de la confirmación, su sonrisa se congeló y no pudo hacer ni un solo movimiento más.
¿Cómo era posible...? ¿Él?
¿Él era Alejandro Silva?
¿Acaso no decían que Alejandro era tan horrible que no se le podía mirar a la cara?
Pero pensándolo bien, nadie lo había confirmado nunca. Todo había sido una simple suposición entre Camila y ella.
La mente de Valeria daba mil vueltas, ideando diez mil formas de reaccionar, pero ninguna parecía ser la adecuada.

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