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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 101

Verla tan tranquila inquietó aún más a Alejandro.

—Elena, la tristeza no le hace bien a tu recuperación —le dijo—. Estás muy joven, tienes un sinfín de posibilidades por delante.

Ella no escuchó a Alejandro; seguía ida, como si no estuviera del todo ahí.

Alejandro suspiró y se levantó.

—Supongo que quieres estar sola un rato. Estaré afuera en el pasillo, si necesitas algo, me hablas.

Al mediodía, apenas salió del elevador, escuchó los gritos de auxilio de una mujer que venían de las escaleras de emergencia. Al acercarse, descubrió que era Elena.

Yacía en medio de un charco de sangre; la escena lo dejó paralizado.

Alejandro canceló su vuelo de negocios de esa tarde para llevarla al hospital.

Sabía que ella estaba muy vulnerable en ese momento, pero tampoco podía hacer mucho más por ayudarla.

Era una herida que solo ella podía atravesar.

Elena se quedó dormida sin darse cuenta.

Al despertar, vio que Alejandro seguía ahí.

Reprimiendo el dolor, murmuró:

—Gracias, director Vargas. Le pagaré lo de los gastos médicos.

Alejandro se sintió más tranquilo al ver que estaba dispuesta a hablar.

—Tu amiga no tarda en llegar para acompañarte. Por los gastos médicos, ni te preocupes ahorita.

Elena asintió y le dio las gracias de nuevo.

—Tú descansa —añadió Alejandro—. No te mortifiques por el trabajo. Ya hablé con el director Herrera y tu lugar en el equipo está asegurado. El Grupo Vargas no va a investigar más sobre el incendio del laboratorio. En cuanto te recuperes, podrás volver.

Elena no supo qué más decir, aparte de darle las gracias.

En cuanto llegó Isabel, Alejandro se fue.

Al ver a Elena más pálida que un papel, a Isabel se le llenaron los ojos de lágrimas.

—¿Fue Diego otra vez? ¡Ese infeliz, lo voy a matar!

Al ver a su mejor amiga, la tensión que Elena había estado conteniendo se desmoronó y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas en silencio.

Al regresar a la oficina, notó que la actitud de sus compañeros hacia ella se había suavizado bastante. Probablemente el director Herrera les había llamado la atención, porque ya no le hacían el vacío como antes.

A Elena tampoco le importó mucho esa gente; en cuanto llegó a su lugar, se metió de lleno en el trabajo.

En la noche, al regresar a su casa, abrió el clóset y vio la ropita y los calcetines que había escogido para el bebé. De golpe, sintió un fuerte nudo en la garganta.

Seguramente ya no volvería a ser madre, así que conservar aquellas cosas no tenía sentido.

Tomó una bolsa, guardó toda la ropa del bebé y bajó a tirarla a la basura.

Al darse la vuelta, vio a Diego parado bajo un poste de luz.

Llevaba un abrigo negro y conservaba esa presencia impecable de siempre.

Ella se le quedó viendo con una mirada llena de odio.

¡Si no fuera por él, su bebé no estaría muerto!

Diego se acercó a ella con una clara expresión de disgusto.

—Te estuve siguiendo en el carro desde que saliste de trabajar. Veo que te mudaste para acá. ¿Por qué? ¿Qué hice mal para que te quieras separar de mí?

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