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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 1024

Al escuchar que le daban permiso, la carita de Aurora se iluminó de pura felicidad.

—¡Eres la mejor mami del mundo! ¡Te amo mucho, mami!

En otra mesa del restaurante, Diego y Rosalía también estaban cenando, acompañados por la hija de ella, Bárbara.

Bárbara se había atiborrado de postres y ahora se negaba a comer su plato principal.

La niñera intentó darle un poco de sopa, pero la niña apartó el tazón de un manotazo y miró a su madre.

—¡Mami, quiero jugo!

—Claro, mi amor, ahora le digo al mesero que te traiga un jugo —respondió Rosalía de inmediato.

Aunque Diego no solía lidiar con niños, tenía el sentido común para saber que no era bueno darles tantos azúcares y jugos en lugar de comida real.

Pero, como no era su padre biológico, prefirió no entrometerse.

Después de cruzar un par de palabras sobre negocios con Rosalía, la conversación murió por completo; simplemente no tenían nada en común.

Diego se limitó a beber su vino lentamente, con la mirada perdida.

Hasta que sus ojos se posaron en la familia de Elena, sentados unas mesas más allá.

Al ver las risas, el cariño y la calidez que emanaban, Diego sintió una punzada de dolor y arrepentimiento en el pecho.

Rosalía, al notar hacia dónde miraba, también descubrió a Elena y a su familia.

El buen humor que tenía se evaporó en un instante y perdió por completo el apetito.

En la parte delantera del restaurante, habían organizado un pequeño sorteo de juguetes para los niños.

Bárbara se emocionó de inmediato y tiró de la manga de su madre.

—¡Mami, yo también quiero ir a jugar!

Rosalía le lanzó una mirada de desdén a la zona de juegos.

—Seguro son juguetes baratos de mala calidad, ¿para qué quieres eso? En casa tienes muñecas de marca. ¿De verdad vas a perder el tiempo con esas baratijas?

Pero Bárbara era solo una niña y no entendía de marcas ni de precios.

Para ella, lo único que importaba era la diversión y la novedad.

Al escuchar la negativa de su madre, comenzó a hacer un berrinche y a llorar a gritos.

Rosalía rodó los ojos con fastidio y le hizo una seña a la niñera para que la llevara al sorteo.

Al volver la vista hacia Diego y notar que seguía absorto mirando en dirección a Elena, Rosalía soltó un bufido sarcástico.

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