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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 197

Elena bajó la mirada.

—No pasa nada, dame eso.

Al escuchar su voz ronca, Alejandro insistió:

—¿Segura que estás bien?

Elena asintió, tomó las cosas que él le ofrecía e hizo el ademán de cerrar la puerta.

Como era evidente que no quería contarle nada, Alejandro no hizo más preguntas, dio media vuelta y se fue.

Elena dejó las latas sobre la mesa justo cuando empezó a sonar su celular.

Era Diego.

Dudó un momento, pero al final decidió contestar.

—Elena, ¿estás intentando trasladar a tu abuela a otro hospital? ¿Por qué?

Elena no esperaba que Diego se enterara tan rápido de eso.

«¿Tan lejos había llegado Diego como para vigilar su teléfono?»

Se tragó el coraje y el resentimiento, y respondió:

—Justo te iba a comentar eso. Siento que la recaída repentina de mi abuela tiene mucho que ver con la incompetencia de los médicos de ahí. Por eso quiero cambiarla de hospital.

Diego, que por un momento pensó que ella había descubierto la verdad, soltó un suspiro de alivio.

Él ya le había ordenado a su asistente que moviera sus contactos en los principales hospitales de la ciudad para que le negaran el ingreso a la anciana. Por lo tanto, era imposible que Elena consiguiera el traslado.

—Si no confías en esos médicos, puedo traer a otros especialistas para que la atiendan. Con lo delicada que está tu abuela, moverla a otro lado podría empeorar su estado.

Elena apretó tanto la mano que las uñas se le hundieron en la palma.

—¿Sabes qué, Diego? Tienes razón. Pero me da mucha curiosidad saber por qué no pude hacer el trámite. ¿Será que me falla el celular o es un problema del sistema de los hospitales?

Diego se quedó callado un segundo antes de responder:

—Su caso es muy complicado. Tiene insuficiencia hepática terminal y varias complicaciones; el riesgo de moverla es altísimo. Además, las mejores clínicas de la ciudad ya no tienen camas en terapia intensiva. Los demás hospitales seguramente evaluaron el caso y no quisieron arriesgarse a que falleciera en el trayecto... Nadie quiere cargar con esa responsabilidad, es normal que la rechacen.

Al darse cuenta de que él seguía tomándola por ingenua, Elena soltó una risa amarga.

—Entiendo. Siendo así, dejaré que mi abuela se quede en ese hospital.

Elena frunció el ceño, desconcertada por aquella escena.

Diego estaba convencido de que ella se había marchado en un arranque de celos por lo cercana que era su relación con Adriana.

Ya había reflexionado y admitía que se había pasado de la raya; no debió descuidarla tanto por andar detrás de Adriana.

De ahora en adelante, intentaría ser más equitativo.

Le daría a Elena exactamente lo mismo que le daba a Adriana.

En la tarde le había mandado rosas a Adriana, así que, por lógica, sentía que a Elena le correspondían unos girasoles.

—Son para ti, mi amor. Ya sé que la regué. No debí descuidarte tanto por el trabajo ni ignorarte cuando te enojaste. Te prometo que, de ahora en adelante, voy a dedicarte más tiempo. Puedes gritarme o reclamarme todo lo que quieras, pero, por favor, no me dejes.

Elena ya era completamente inmune a su labia.

Si no hubiera sido por su abuela, le habría dado una bofetada en ese mismo instante.

Como ella se quedó callada, Diego asumió que había aceptado la disculpa. Le puso el ramo entre los brazos y la tomó del hombro, dispuesto a llevársela.

Elena estuvo a punto de zafarse cuando, de repente, la puerta de enfrente se abrió y salió Alejandro, vestido con ropa cómoda de andar por casa.

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