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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 743

El sábado, Elena fue a las oficinas del Grupo Romero para una reunión.

Después de dos horas, salió de la sala de juntas sintiéndose mareada por una baja de azúcar.

En ese momento, dos obreros pasaron cerca cargando muebles de oficina.

De pronto, las sillas apiladas sobre un escritorio se tambalearon y cayeron en dirección a Elena.

Antes de que pudiera reaccionar, alguien la rodeó con sus brazos.

La silla golpeó de lleno la cabeza del hombre con un ruido sordo.

Elena se quedó congelada.

Era Diego. Él la había salvado.

—¿Estás bien? —preguntó él, todavía aturdido por el golpe, pero preocupado únicamente por ella.

Elena negó con la cabeza.

—Estoy bien. Déjame llevarte al hospital para que te revisen.

El impacto había sonado muy fuerte, y si él estaba lastimado, ella se haría cargo de los gastos médicos.

Diego no se negó.

Fueron juntos al hospital.

Elena lo acompañó durante los exámenes y pagó la factura.

Tenía un chichón en la nuca, pero afortunadamente no era grave; solo necesitaba aplicarse pomada.

—Supongo que tu chofer puede llevarte a casa, ¿verdad? Entonces me retiro —dijo ella.

A Diego le dolió ver su total falta de preocupación, pero no pudo evitar suplicarle:

—¿Podrías acompañarme a comer algo?

Le había hecho esa misma petición incontables veces, y ella siempre se había negado.

Aunque Elena estaba agradecida porque la salvó, no tenía la menor intención de reconciliarse.

Nunca podrían ser amigos.

—Ve a comer tú solo, Diego.

—Elena, te salvé la vida. Solo te pido que comas conmigo, ¿es mucho pedir?

—Para mí, sí —respondió ella con frialdad—. Si hubiera sabido que el precio de que me salvaras era tener que comer contigo, habría preferido que la silla me cayera a mí.

Tener la mala suerte de encontrarse con los dos hombres que más detestaba en el mismo lugar era demasiado.

Fingió no verlos y comenzó a conversar con otros colegas del gremio.

Pero Hugo la vio y se acercó a ella.

Sin escapatoria, Elena se limitó a asentir a modo de saludo distante.

Diego lo siguió y le preguntó con tono protector:

—Elena, escuché que has tenido mucho trabajo y además tienes que asistir a estos eventos en la noche. ¿Estás cuidando tu salud?

—Ese es mi problema. No tiene por qué preocuparse, director Romero —respondió ella cortante.

Hugo frunció el ceño, sintiendo la necesidad de educar a su rebelde hija:

—Elena, no seas tan fría con Diego. No olvides que te salvó la vida. Tienes que aprender a ser agradecida.

Elena soltó una carcajada burlona.

—Director Valiente, usted no sabe absolutamente nada de nuestro pasado. ¿Con qué derecho me sermonea?

Hugo pensó que el carácter de la chica no se parecía ni al de él ni al de Bianca; era demasiado terca y respondona.

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