—Elena, Alejandro ya se regresó a Ciudad del Norte.
Elena la miró fijamente sin decir una sola palabra.
La señora Vargas caminó hasta la cama y se sentó a un lado.
Le había costado bastante lograr que la abuela, Sofía y los escoltas del pasillo bajaran la guardia para poder entrar sola.
Al ver los rasgos delicados y la elegancia natural de Elena, no terminaba de entenderlo. Su hijo se había codeado con muchísimas mujeres hermosas; ¿por qué se había ido a enredar con ella?
Lo único favorable era que no llevaban tanto tiempo de conocerse. Si los separaba en ese momento, Alejandro iba a sufrir un par de días y luego se le pasaría.
Pero si dejaba que el asunto creciera, después iba a ser un dolor de cabeza separarlos.
Cambió su expresión a una mucho más amable y le dijo con tono de falsa compasión:
—¿Tienes idea de por qué Alejandro te dejó aquí botada, estando tan malherida, y se fue de Ciudad del Río? Fue porque al papá de Mariana casi le da un infarto cuando supo lo que Alejandro había hecho con su hija.
Hace años, el padre de Mariana perdió la movilidad de las piernas por salvarle la vida a Alejandro y, a raíz de eso, ya no pudo tener más hijos. Por eso mismo, Alejandro le juró que no solo iba a cuidar de Mariana toda la vida, sino que él mismo se iba a encargar de velar por el patrimonio de los Moreno.
Esa es la verdadera razón por la que Alejandro accedió a comprometerse con ella cuando creció. Aunque al final ella metió la pata y terminaron cancelando la boda, la relación que tenemos con su familia no va a romperse de la noche a la mañana.
Elena soltó una carcajada sarcástica.
—Ay, por favor. Ese es el típico cuento que inventan los hombres para salirse con la suya, ¡y lo peor es que usted se lo creyó enterito! El dinero no le da derecho a ningún hombre a faltarle al respeto a su esposa. Eso de los «sacrificios» son puras excusas. De verdad que, en eso, usted no le llega ni a los talones a la señora Valverde, ni mucho menos a la abuela. Si a usted le gusta vivir tragándose todo, es muy su problema, pero no pretenda imponerles eso a las demás.
Después de escucharla, la señora Vargas no pudo pensar en Elena como otra cosa que no fuera una ingenua.
Replicó furiosa:
—¿A poco crees que sobran los hombres como Dante Valverde o el abuelo de Alejandro? ¡En este mundo, los hombres fieles son contados! ¿Crees que mi marido siempre anduvo de picaflor? ¡Para nada! Al principio me trataba como a una reina, me bajó el sol, la luna y las estrellas. Hasta se puso en contra a toda la familia de su exesposa y arriesgó su lugar en la empresa con tal de divorciarse y casarse conmigo. Y míralo ahora, de todos modos me puso los cuernos. Es más, hay muchos que se dan golpes de pecho diciendo que son fieles, pero ¿quién te asegura que no andan de rabo verde a escondidas? Si una mujer quiere conservar su lugar y evitar que todo se venga abajo, muchas veces termina tragándose cosas que nunca debería tolerar. ¿Crees que no te soporto nada más porque eres una muerta de hambre? ¡No! Es porque eres incapaz de entender que los matrimonios por conveniencia son los únicos que duran. Si la gente se casara nada más por amor, a la hora del divorcio despedazarían las empresas. ¡Y te juro que no voy a permitir que arruines el patrimonio que Alejandro ha construido con tanto esfuerzo!

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