Después de disfrutar de la fruta y los bocadillos, todos entraron a la sala de juntas para iniciar la reunión.
Elena le había pedido a Diana que repartiera unas carpetas con documentos impresos, pero al notar que faltaban dos copias, decidió ir ella misma a imprimirlas y aprovechar para buscar un archivo extra.
Estaba a punto de llegar a la puerta cuando una de las asistentes administrativas entró apresurada llevando dos tazas de café hirviendo.
Justo cuando estaban a punto de chocar de frente, Bianca, que estaba sentada en el asiento más cercano a la entrada, se puso de pie de un salto y jaló a Elena hacia atrás.
El café ardiente terminó derramándose sobre el brazo de Bianca.
A pesar del intenso dolor, Bianca se mordió el labio y no emitió ningún sonido.
Héctor también se levantó de inmediato y ayudó a Bianca a sentarse a un lado.
La asistente, pálida y temblando, se disculpó rápidamente:
—¡Perdón! ¡Lo siento muchísimo, no fue mi intención!
Alguien del equipo había pedido café, así que lo preparó y lo llevó, sin imaginar que chocaría con alguien en la puerta.
Elena, una vez que recuperó el equilibrio, se giró para revisar cómo estaba Bianca.
Ya le habían empezado a salir ampollas en el brazo.
Elena, alarmada, la llevó de inmediato al baño. Le quitó la pulsera con cuidado y le puso el brazo bajo el chorro de agua fría.
Al ver lo angustiada que estaba Elena, Bianca le sonrió para tranquilizarla.
—Estoy bien, no te asustes.
Luego, bajó la mirada hacia el vientre de Elena, preocupada.
—Y tú, ¿no te golpeaste en ninguna parte? ¿Estás bien?
Al escuchar que, a pesar de tener el brazo lleno de ampollas, Bianca solo se preocupaba por ella, a Elena se le llenaron los ojos de lágrimas.
—No, estoy bien. A mí no me pasó nada.
—Qué alivio —suspiró Bianca.
Bianca siempre había cargado con una profunda culpa por no haber podido proteger a su hija el día que nació.
Ahora que por fin había encontrado a Elena, lo único que deseaba era compensarla multiplicado por mil.
Después de mantener el brazo bajo el agua fría por más de veinte minutos, Elena le dijo con firmeza:
—Voy a suspender la reunión. Te llevaré al hospital para que te revisen esa quemadura.
—No es para tanto —insistió Bianca—. Solo iré a casa a aplicarme una pomada medicada y listo. Ustedes sigan con la reunión, le diré a mi chofer que me lleve.
Elena, sin poder dejar de preocuparse, quería llevarla personalmente.
Pero Bianca volvió a negarse rotundamente.
—Elena, ¿vamos a cenar algo?
—No voy a cenar todavía —respondió Elena—. Quiero pasar a la casa de la señora Bianca para ver cómo sigue.
Diana la miró con curiosidad.
—He notado que la señora Bianca te trata exactamente igual que si fueras su propia hija, y tú también la cuidas muchísimo. Si me dijeran que son madre e hija biológicas, lo creería sin dudarlo.
Elena soltó una carcajada.
—No digas tonterías, simplemente nos llevamos muy bien.
Diana recordó la vez que vio a Eulalia en la fiesta de la abuela Vargas, y no pudo evitar pensar que Elena parecía mucho más hija de la señora Bianca que la misma Eulalia.
Sin embargo, no se atrevió a decir eso en voz alta.
Tal vez solo era su imaginación.
Cuando Elena llegó a casa de Bianca, se encontró en la entrada con Eulalia, que estaba a punto de salir.
Al verla, Eulalia soltó un bufido de desprecio y pasó de largo sin decirle una palabra.
No tenía la menor idea de que Bianca se había quemado; iba de salida para irse de fiesta con sus amigos, como de costumbre.
Elena la ignoró por completo y se dirigió directamente al estudio de la señora Bianca.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....