Elena no le hizo caso.
Diana, al ver que no le daba importancia, soltó un bufido y se subió al coche.
De todas formas, por más que Elena esperara ahí, no iba a poder entrar; tarde o temprano terminaría rindiéndose.
Diana tocó el claxon frente a los inmensos portones de la residencia Vargas.
La cámara de seguridad escaneó sus placas y las puertas se abrieron lentamente.
Diana le dedicó una sonrisa triunfal a Elena y metió el carro.
Poco después de que el coche entrara, los portones se cerraron de nuevo.
Elena se quedó en la entrada, esperando a Sofía.
En ese momento, el mayordomo de la residencia Vargas salió y se dirigió a ella:
—Señorita Navarro, la señora ha dicho que no podrá ver al señor Vargas, así que le pide que se retire.
—Creo que Alejandro sí estará dispuesto a recibirme —respondió Elena.
El mayordomo, al ver que no se iba, la miró con dureza.
—Señorita Navarro, le estamos pidiendo que se retire con dignidad; no nos obligue a sacarla por las malas.
Detrás del mayordomo, cuatro o cinco escoltas dieron un paso al frente con actitud intimidante.
Elena revisó su celular; Sofía aún no le contestaba los mensajes.
Estaba dudando si irse por el momento y buscar otra oportunidad para platicar con Alejandro, cuando la señora Santor, mano derecha de la anciana Vargas, salió por la puerta. Habló con una autoridad incuestionable:
—Mayordomo, la anciana Vargas invita a la señorita Navarro a pasar.
Al mayordomo se le descompuso la cara. Aunque estaba molesto, no se atrevía a desobedecer las órdenes de la anciana.
Solo le quedó ver cómo la señora Santor hacía pasar a Elena.
Al echar su primer vistazo al interior de la residencia Vargas, Elena se quedó sin palabras.
Los jardines de la propiedad eran tan grandes como un parque.
Los senderos de piedra se abrían paso entre jardines impecables, árboles centenarios y puentes elegantes sobre el agua. Todo en ese lugar respiraba lujo y linaje.
Se subieron a un coche que avanzó por el camino empedrado.
Elena dudó un momento y no entró.
Desde dentro, se escuchó la respuesta de Alejandro:
—Isidora, me conoces bien. No puedo aceptar eso.
—Alejandro, doña Paloma jamás va a aceptar a esa mujer en la que piensas. Incluso si te quedas con ella, tu familia nunca la va a reconocer. Al final, solo la harás sufrir. ¿Cuánto crees que dure un matrimonio así? Mírame, yo soy la mujer adecuada para compartir tu vida.
Elena no alcanzó a escuchar la respuesta de Alejandro.
Pensó que, si en ese momento él hubiera dejado claro que estaba dispuesto a sostenerla frente a todo, tal vez ella habría encontrado el valor para abrir la puerta.
Pero él se quedó en un completo silencio.
Elena recordó la impresión que le causó entrar a esa mansión.
Se dio cuenta, con toda claridad, de que Alejandro y ella pertenecían a dos mundos completamente distintos.
El valor que había reunido a duras penas se le deshizo entre los dedos.
¿De verdad tenían un futuro juntos?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....