La anciana sacudió la cabeza con una sonrisa amarga.
—Mejor no. Ya estoy vieja y achacosa; no quiero pasarle mis malas vibras a la criaturita y que termine enfermando.
El comentario le estrujó el corazón a Elena.
—Abuela, ¿pero qué cosas dices? ¡No digas tonterías!
Carmen también frunció el ceño, molesta.
—Mamá, tú misma criaste a Ariadna y mírala, está sana como un roble. Además, ni siquiera estás tan mayor, solo tienes el cabello un poco blanco. Un día de estos te llevaré a la peluquería para teñírtelo. ¡Te bañas todos los días, hueles a pura limpieza!
Pero la abuela no dio su brazo a torcer.
—Aun así, prefiero no arriesgarme. Nuestra Aurora tiene que crecer fuerte y feliz, sin ninguna dolencia. Con mirarla de lejos me basta.
Carmen se echó a reír.
—Ya verás. Cuando la niña empiece a caminar y corra por toda la casa, ¡no podrás evitar comértela a besos!
La abuela rebuscó en sus bolsillos y sacó un sobre con dinero, entregándoselo a Elena.
—Sé perfectamente que ambos ganan muy bien y que a Alejandro le sobra el dinero, pero esto es un detalle de mi parte para la bebé. Por favor, acéptalo.
Al tomarlo, Elena notó que el sobre estaba inusualmente gordo.
—Abuela... ¿me estás dando todos tus ahorros? ¡Deberías guardarlo para tus cosas!
—Ay, chica, yo ya tengo un pie en el otro lado, ¿en qué me lo voy a gastar? Mejor úsalo para comprarle juguetitos y golosinas a mi Aurora. Y que quede claro: no es para ti, solo te lo estoy dando para que se lo guardes a la niña.
Elena recordó cuando era pequeña y tenía su propia alcancía. Cada vez que la abría para revisar, siempre encontraba más monedas de las que recordaba haber metido.
Con los años, descubrió que era la abuela quien se encargaba de rellenarla en secreto.
Y cuando Elena rompía la alcancía para comprarse chucherías o juguetitos baratos, su abuela nunca le decía nada; al contrario, le ayudaba a recoger los cachivaches después de jugar.
A pesar de tener ideas muy conservadoras, el amor que la anciana sentía por ella era el más puro e incondicional del mundo.
Su familia jamás nadó en la abundancia, pero su abuela siempre le dio hasta lo que no tenía.
—Está bien, lo entiendo —dijo Elena, con un nudo en la garganta—. Lo guardaré hasta que sea mayor; en cuanto sepa en qué gastarlo, se lo daré intacto.
La abuela sonrió de oreja a oreja.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....