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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 802

Después de comer algo ligero, Elena se sentó en el sofá a repasar unos documentos de trabajo.

Una pesada ola de sueño la invadió de repente; se recostó un momento y terminó cayendo en un sueño profundo.

Tras unos treinta minutos, los ladridos insistentes de Chispa la despertaron sobresaltada.

Abrió los ojos y vio al perro frente a ella, moviendo la cola frenéticamente mientras le mordisqueaba la manga de la blusa, intentando jalarla hacia la puerta.

Elena, aún adormilada, intentó ponerse en pie, pero un dolor punzante e insoportable atravesó la parte baja de su vientre.

Tomó su celular a duras penas y le envió un mensaje a Bruno para que tecleara la contraseña y entrara al departamento.

—¿Señora, qué ocurre? —preguntó Bruno apenas cruzó la puerta.

Al ver su rostro pálido y perlado de sudor frío, el guardaespaldas se alarmó de inmediato.

—Llévame al hospital... ¡ya! —logró jadear.

Los calambres eran tan fuertes que las piernas no le respondían. Bruno sacó una silla de ruedas que tenían guardada, la cargó con delicadeza y se apresuraron hacia el centro médico.

Justo mientras los doctores la evaluaban, rompió fuente.

Sin tiempo que perder, la llevaron directo a la sala de partos.

Lo que siguió fue un caos de médicos, enfermeras y gritos amortiguados.

Elena no tuvo ni tiempo para asustarse antes de que la bebé, ansiosa por conocer el mundo, decidiera hacer su gran entrada.

—¡Es una hermosa niña! —anunció el obstetra con alegría.

Al escuchar esa voz y ver a la diminuta criatura envuelta en mantas, los ojos de Elena se desbordaron en lágrimas de felicidad.

Para cuando Alejandro llegó corriendo al hospital, Elena ya descansaba en una cómoda habitación privada.

Su hija yacía en la cuna a un lado de la cama, durmiendo plácidamente.

Con el corazón latiendo a mil por hora, Alejandro se acercó, tomó las manos de Elena y se disculpó, lleno de culpa:

—Perdóname... perdóname por no haber estado aquí contigo.

Ella, sin embargo, se veía radiante y llena de energía. La bebé tenía mucha prisa por salir, así que el parto había sido rápido y sin mayores complicaciones.

Además, gracias a los analgésicos que le administraron, no sentía ningún dolor.

—La niña decidió adelantarse; aunque hubieras volado, no habrías llegado a tiempo —sonrió ella, mirando a la cuna con el corazón rebosante de amor.

La experiencia de ser madre por primera vez iluminaba su rostro con una dulzura indescriptible.

Ariadna entró de puntillas a la habitación, sosteniendo una muñeca que colocó cuidadosamente junto a la bebé.

—Es un regalito para ti —susurró.

Como si hubiera escuchado su dulce vocecita, Aurora comenzó a abrir los ojitos lentamente.

No derramó ni una lágrima, solo se dedicó a observar todo con inmensa curiosidad.

Ariadna dio saltitos de emoción.

—¡Le gustó mi regalo! ¡Por eso despertó, está muy feliz!

La abuela Navarro sintió unas ganas locas de acariciar las mejillas regordetas de la bebé, pero recordó sus propios achaques y, temiendo contagiarle alguna mala energía, retiró las manos a tiempo.

—Quédate cuidando a Aurora un rato —le indicó a Ariadna—. Pero recuerda que es muy chiquita, no la intentes levantar, ¿eh? Yo saldré un momento.

La niña asintió, obediente.

La abuela Navarro salió de la habitación y se dispuso a desempacar la ropita que había tejido a mano para la bebé.

Después de secarle el cabello a Elena, Carmen le preguntó a su madre:

—¿Por qué no cargas a la bebé un rato, mamá?

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