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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 365

Para el mediodía, el ama de llaves de la familia Ferrer había preparado un buen banquete.

Victoria Valiente, la esposa de Lucas, y su hijo Sergio Ferrer, terminaron sus turnos en el hospital y llegaron a comer.

Verlos convivir con tanta calidez le despertó a Elena una punzada de nostalgia.

Lucas le preguntó:

—¿Piensas mudarte a Ciudad del Norte para buscar nuevas oportunidades?

Elena negó con la cabeza:

—No, vine únicamente a visitar a un amigo... Como tengo mucho trabajo, tomaré el vuelo de las cuatro de la tarde para regresar a Ciudad del Río.

Lucas soltó un suspiro:

—El ambiente académico en Ciudad del Río no es muy fuerte, hay pocas universidades e institutos de prestigio. Sería una lástima que alguien con tu talento se estancara allá. Si vinieras a Ciudad del Norte, seguro tendrías un futuro mucho más prometedor.

Después de comer, Inés la acompañó a la puerta.

Justo al salir, Inés le preguntó:

—Oye, ¿el amigo que viniste a ver es tu novio?

Elena se quedó en silencio.

Inés pensó que había atinado y sonrió:

—Estaría genial que te casaras y consiguieras trabajo aquí en Ciudad del Norte; así podríamos vernos más seguido.

Elena le dedicó una sonrisa, pero no dijo nada.

En ese momento, vieron acercarse a una mujer cargando un montón de bolsas.

Al fijarse bien, se dieron cuenta de que era Diana.

Diana revisó el número de la casa, luego miró a las dos y preguntó extrañada:

—¿Acaban de salir de la casa del profesor Ferrer?

Inés soltó una risa fría:

—¿Y si así fuera, qué? ¿Qué asuntos tienes con mi suegro?

A Diana se le vino el mundo encima.

Jamás le pasó por la mente que la mujer con la que se había estado peleando todo el día resultara ser la nuera del profesor Ferrer.

Diana llevaba dos años en una farmacéutica respaldada por la familia Vargas, pero vivía resentida porque sentía que nunca la tomaban en serio. Por eso ya estaba decidida a renunciar y buscar una maestría que la hiciera brillar.

—Si no me crees, pregúntale tú misma a mi suegro.

Tras decir eso, Inés la ignoró olímpicamente y se alejó con Elena.

Diana, negándose a creer las palabras de Inés, apretó los dientes y tocó el timbre de la casa Ferrer.

El ama de llaves fue quien abrió.

Al verla parada en la puerta cargada de regalos, la empleada no la dejó pasar de inmediato; cerró la puerta y fue a preguntarle al profesor si quería recibir visitas.

Diana lo tomó como una ofensa. Al fin y al cabo, ella estaba acostumbrada a que el apellido Vargas le abriera puertas, no a que la hicieran esperar como a cualquiera.

Después de un rato, el ama de llaves volvió a abrir la puerta y la dejó pasar.

Diana forzó una sonrisa y entró.

Le echó un vistazo a la casa y pensó que, además de chiquita, los muebles estaban bastante corrientitos.

Incluso llegó a pensar que, si el profesor Ferrer la aceptaba, no le importaría colmarlo de atenciones para ganarse su favor.

Total, esa cantidad de dinero no era nada para ella; lo vería como una forma de pagarle el favor.

Lo que Diana ni siquiera alcanzaba a entender era que cualquiera de los cuadros colgados en esa casa valía una fortuna.

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