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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 416

—Pero Bruno me dijo que las placas del primer auto no eran de Ciudad del Norte —señaló Elena confundida.

—Cambiaron las placas a propósito para incriminar a otras personas —explicó Alejandro—. Los de Mariana dijeron que venían de Ciudad del Río por órdenes de la madre de Diego. Y los de Adriana aseguraron ser enviados por mi madre. Después de presionarlos un poco, confesaron la verdad.

Elena guardó silencio.

Las dos habían ideado exactamente la misma estupidez.

—De Adriana me quiero encargar yo personalmente —declaró Elena—. En cuanto a Mariana...

Sabía muy bien que un conflicto directo con la familia Moreno la superaba y no podía intervenir.

—La señora Moreno me prometió que mantendría a Mariana bajo control —dijo Alejandro con severidad—. Si no fue capaz de cumplir su palabra, yo no tendré piedad.

Elena recordó la paliza que él había recibido antes y se preocupó.

—¿No se enfadará tu padre por esto?

—La otra vez que el señor Moreno sufrió el derrame, yo asumí parte de la culpa y acepté el castigo de manera voluntaria. Además, al recibir esa paliza, le quité a los Moreno cualquier derecho moral a tacharme de ser un malagradecido. Si ellos siguen dándole alas a Mariana con sus locuras, ya nadie podrá cuestionar mis acciones.

Al día siguiente, a las siete de la noche, Alejandro se presentó en la residencia Moreno.

Desde su accidente cerebrovascular, Benito Moreno estaba en silla de ruedas, su habla se había vuelto extremadamente lenta y su estado no le permitía gestionar el Grupo Moreno, obligando a su hermano menor a tomar las riendas de la empresa temporalmente.

La señora Moreno también ocupaba un puesto como vicepresidenta y a esa hora aún no llegaba del trabajo.

Mariana estaba recluida en el tercer piso bajo la vigilancia de especialistas psiquiátricos y enfermeras.

Cuando Alejandro llegó, una enfermera estaba ayudando a Benito con su cena.

Al verlo, Benito pronunció su nombre con gran esfuerzo:

—A... le... jan... dro.

—Buenas noches, señor Moreno —lo saludó Alejandro, antes de servirle un vaso de agua.

Benito le hizo un gesto a la enfermera con la cabeza.

La mujer le limpió los labios y se retiró con la bandeja de comida.

Alejandro tomó asiento a su lado.

—¿Cómo se encuentra de salud?

Benito siempre fue muy consciente de que, sin el respaldo de Alejandro, su propia capacidad no habría bastado para mantener al Grupo Moreno en su posición de poder.

—¿Qué... quieres... que haga? Alejandro, ella es... mi única hija, no puedo... permitir que sufra.

—Envíela al extranjero —dictaminó Alejandro con firmeza—. No podrá regresar a Ciudad del Norte. Y el personal que se quedará a su lado será seleccionado exclusivamente por mí.

Los cuidadores y guardaespaldas de la familia Moreno estaban sometidos a los caprichos de Mariana y eran incapaces de controlar los arranques violentos de la muchacha.

Benito sabía que la decisión destrozaría a su hija.

Pero por el bien del futuro de Mariana, no tuvo más remedio que aceptar.

—De acuerdo... pero me tienes... que prometer, que protegerás... sus acciones y su fortuna.

—Hecho.

Alejandro ya le había dado la orden a Bruno de contratar a dos guardaespaldas y un equipo médico de su entera confianza para escoltar a Mariana al País Y.

Mariana fue llevada a la sala de estar sin entender qué ocurría.

Al ver a Alejandro, se llenó de entusiasmo e intentó correr a abrazarlo, pero uno de los guardaespaldas le bloqueó el paso.

—¡Quítate de en medio! —le gritó furiosa.

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