—Pero Bruno me dijo que las placas del primer auto no eran de Ciudad del Norte —señaló Elena confundida.
—Cambiaron las placas a propósito para incriminar a otras personas —explicó Alejandro—. Los de Mariana dijeron que venían de Ciudad del Río por órdenes de la madre de Diego. Y los de Adriana aseguraron ser enviados por mi madre. Después de presionarlos un poco, confesaron la verdad.
Elena guardó silencio.
Las dos habían ideado exactamente la misma estupidez.
—De Adriana me quiero encargar yo personalmente —declaró Elena—. En cuanto a Mariana...
Sabía muy bien que un conflicto directo con la familia Moreno la superaba y no podía intervenir.
—La señora Moreno me prometió que mantendría a Mariana bajo control —dijo Alejandro con severidad—. Si no fue capaz de cumplir su palabra, yo no tendré piedad.
Elena recordó la paliza que él había recibido antes y se preocupó.
—¿No se enfadará tu padre por esto?
—La otra vez que el señor Moreno sufrió el derrame, yo asumí parte de la culpa y acepté el castigo de manera voluntaria. Además, al recibir esa paliza, le quité a los Moreno cualquier derecho moral a tacharme de ser un malagradecido. Si ellos siguen dándole alas a Mariana con sus locuras, ya nadie podrá cuestionar mis acciones.
Al día siguiente, a las siete de la noche, Alejandro se presentó en la residencia Moreno.
Desde su accidente cerebrovascular, Benito Moreno estaba en silla de ruedas, su habla se había vuelto extremadamente lenta y su estado no le permitía gestionar el Grupo Moreno, obligando a su hermano menor a tomar las riendas de la empresa temporalmente.
La señora Moreno también ocupaba un puesto como vicepresidenta y a esa hora aún no llegaba del trabajo.
Mariana estaba recluida en el tercer piso bajo la vigilancia de especialistas psiquiátricos y enfermeras.
Cuando Alejandro llegó, una enfermera estaba ayudando a Benito con su cena.
Al verlo, Benito pronunció su nombre con gran esfuerzo:
—A... le... jan... dro.
—Buenas noches, señor Moreno —lo saludó Alejandro, antes de servirle un vaso de agua.
Benito le hizo un gesto a la enfermera con la cabeza.
La mujer le limpió los labios y se retiró con la bandeja de comida.
Alejandro tomó asiento a su lado.
—¿Cómo se encuentra de salud?
Benito siempre fue muy consciente de que, sin el respaldo de Alejandro, su propia capacidad no habría bastado para mantener al Grupo Moreno en su posición de poder.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico