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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 446

Alejandro besó tiernamente su frente y sonrió:

—Tienes razón, puede ser bastante agotador. Dejaremos que un equipo profesional se encargue de todo para que no te estreses.

Elena se rio suavemente.

—¿De verdad me vas a dejar decidir todo? Tu boda es un evento importantísimo para los Vargas. ¿Estás seguro de que no necesitas invitar a figuras clave del mundo de los negocios?

Alejandro negó con la cabeza.

—No. Nuestra boda nos pertenece solo a nosotros. No quiero mezclar nuestro día con el circo de las apariencias y las conveniencias sociales.

Elena asintió, plenamente satisfecha. Se acomodó en su pecho, cerró los ojos y suspiró:

—Alejandro, eres increíble.

***

A la mañana siguiente, Elena llegó a la oficina como de costumbre.

Emiliano notó la sobria sortija en su dedo anular y no pudo evitar preguntar:

—Elena, ¿estás saliendo con alguien?

Aunque el anillo estaba en el dedo de compromiso, su diseño era tan discreto que Emiliano ni siquiera consideró la posibilidad de que se hubiera casado.

Elena simplemente sonrió de forma enigmática, guardando el secreto.

Al mediodía, Elena, Emiliano y otros compañeros se dirigían al elevador para almorzar en la cafetería.

De pronto, se cruzaron con la señora Vargas y, a su lado, Isidora, sentada en una silla de ruedas.

Todos los empleados saludaron cortésmente a ambas mujeres.

La señora Vargas respondió con una sonrisa encantadora:

—Vinimos a almorzar con Alejandro. No dejen que las interrumpamos, vayan a comer tranquilos.

Pasó de largo como si Elena fuera invisible y empujó la silla de Isidora en dirección a la oficina del director general.

Emiliano murmuró por lo bajo, curioso:

—¿Qué le habrá pasado a la señorita Valverde? ¿Se lastimó el pie?

Elena recordó el accidente anterior, cuando Isidora terminó en el hospital por proteger a la señora Vargas. Si su vieja herida se había agravado al punto de no poder caminar, se preguntó si la madre de Alejandro usaría esa culpa para forzarlo a hacer algo que él no quería.

Rápidamente, apartó esos pensamientos de su mente.

Alejandro no era como Diego; ella confiaba ciegamente en él.

Alejandro concluyó que era el momento perfecto para dejarles las cosas muy claras a ambas, así que aceptó acompañarlas al restaurante.

Una vez en la mesa, su madre se encargó de acomodar la silla de ruedas de Isidora justo al lado de él.

Alejandro se mantuvo inexpresivo, sin siquiera dignarse a mirarla.

Isidora bajó la cabeza, interpretando a la perfección el papel de la víctima paciente y sacrificada.

Al terminar la comida, la señora Vargas estaba furiosa. Alejandro no le había dirigido la palabra a Isidora ni una sola vez; la trató como si fuera un fantasma.

Dejó el tenedor sobre la mesa de golpe y lo enfrentó:

—Exijo que me des una respuesta hoy mismo. Isidora es una mujer intachable, perfecta para ti. ¿Por qué te niegas tan rotundamente a casarte con ella?

Isidora contuvo el aliento; ella también moría por escuchar esa respuesta.

Se negaba a aceptar que Elena pudiera superarla, y mucho menos creía la excusa de Alejandro de que «no le interesaba».

En Ciudad del Norte, decenas de herederos adinerados suspiraban por ella; era ilógico que él no viera su atractivo.

Estaba convencida de que su constante rechazo se debía a que alguna vez ella estuvo comprometida con Matías, su difunto hermano.

Alejandro levantó la mirada y habló con un tono desprovisto de cualquier emoción.

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