Elena no esperaba que Alejandro también asistiera a la conferencia de esa noche.
Al verlo de pie junto a la señora Vargas y los demás, no tuvo intención de acercarse, así que continuó debatiendo el tema con Adriel.
Por su parte, Alejandro solo planeaba saludar a la anciana Carmona, a su madre y a Hugo antes de retirarse.
De pronto, la anciana Carmona se tambaleó levemente, llevándose una mano a la frente.
—Alejandro, me siento un poco mareada de repente. Acompáñame a la sala de descanso, por favor.
Aunque no eran particularmente unidos, seguía siendo su abuela, así que él le ofreció su brazo para sostenerla.
Al verlos alejarse, la señora Vargas se dirigió a Isidora.
—Vamos nosotras también a ver cómo sigue.
Isidora asintió.
Hugo hizo un ademán de acompañarlas, pero la señora Vargas lo detuvo de inmediato:
—Director Valiente, quédese aquí, por favor. Ya conoce a mi madre; tiene un orgullo de acero y detesta que la vean vulnerable. Le ruego que lo comprenda.
Hugo asintió en señal de respeto.
—Por supuesto. Si necesitan cualquier cosa, no duden en buscarme.
Una vez en la sala de descanso, Alejandro le sirvió un vaso con agua a la anciana Carmona.
—Abuela, ¿qué le duele? ¿Quiere que vayamos al hospital?
La anciana dio un pequeño sorbo y se masajeó las sienes.
—Son mis viejos mareos, nada grave. Con sentarme un rato y tomar mi medicina tendré suficiente.
Alejandro sacó el frasco de pastillas del bolso de la mujer y se las entregó.
—Iré a recostarme al cuarto contiguo —dijo la anciana—. Despiértame en media hora.
Alejandro asintió y la ayudó a llegar a la otra habitación.
En cuanto la puerta se cerró, la anciana Carmona salió ágilmente por otra salida que daba al pasillo, donde su hija la esperaba impaciente.
—La fragancia que encendimos en esa habitación ofuscará los sentidos de Alejandro. En diez minutos, haz que Isidora entre.
La señora Vargas parecía nerviosa.

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