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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 476

A Elena le pareció sumamente extraño. ¿De dónde sacaba Sylvia los contactos y el dinero para contratar a un abogado?

El asistente de Alejandro se puso a investigar al abogado de Sylvia y, finalmente, dio con la persona que movía los hilos detrás del telón.

Era Adriana.

Elena soltó una risa amarga por el coraje.

Jamás se habría imaginado que Adriana fuera la responsable de causarles tantos dolores de cabeza a escondidas.

De inmediato, la llamó y la citó para hablar frente a frente.

Adriana respondió con tono burlón:

—Claro, te mando la dirección. Ven a buscarme aquí.

Elena condujo hasta el lugar, entró a la zona privada del restaurante y encontró a Adriana.

—Así que tú eres la que incita a Sylvia a molestar a mi tía. Adriana, ¿de verdad crees que no puedo hacerte nada?

Adriana, bebiendo su jugo con una elegancia fingida, disfrutó al verla furiosa y sonrió:

—Esto es culpa de tu tía, Elena. César está paralítico, nunca más podrá tener hijos. La niña que tiene tu tía es su única descendencia y lo correcto es que vuelva a la familia Silva. Yo solo soy un alma caritativa que ayuda a los necesitados. ¿Por qué te pones tan agresiva?

Elena le lanzó una mirada llena de desprecio:

—La familia Silva jamás se ocupó de la niña. ¡Y ahora que César no sirve para nada, quieren usar a la niña como sirvienta para limpiarle la baba! ¡Que sigan soñando! Adriana, el problema es entre tú y yo, ¡deja a mi tía en paz!

En ese momento, Adriana vio entrar a Diego por la puerta y, de inmediato, cambió su expresión a una de profunda tristeza y resignación.

—Elena, de verdad, lo que hizo tu tía está muy mal. Su exesposo siempre fue bueno con ella, pero como ella se negaba a darle un hijo varón, él cometió un error por impulso. Aun así, después del divorcio, le dejó todo su dinero y la casa. ¡Y ahora que está al borde de la muerte, tu tía y la niña lo abandonan a su suerte! ¡Eso es no tener corazón!

Elena sentía que la habilidad de esa mujer para hacerse la víctima y torcer la verdad rozaba lo patológico. Consumida por la rabia, levantó la mano y le soltó una fuerte bofetada a Adriana.

En la mejilla de Adriana apareció una marca roja al instante, mientras lágrimas de humillación y dolor comenzaban a brotar de sus ojos.

—¡Elena! ¿Por qué me pegas de la nada? ¿Acaso dije alguna mentira?

Para Diego, las historias donde el marido quedaba postrado y la exesposa regresaba para sacrificarse cuidándolo el resto de su vida, eran la cúspide del amor y la devoción.

Él valoraba a las mujeres tradicionales, sumisas y abnegadas, y lamentaba profundamente que hoy en día hubiera tan pocas dispuestas a hacer ese sacrificio.

Elena lo miró como si estuviera loco:

—Mi tía tiene una vida tranquila y feliz, ¿por qué habría de buscarse una condena así? ¿De qué le sirve a ella el respeto o la admiración de unos desconocidos si su vida se convierte en un infierno?

Diego, cansado de discutir con ella, suspiró con frustración:

—Adriana solo tenía buenas intenciones, quería que tu tía arreglara las cosas con su exesposo y terminara con el conflicto familiar. Tu tía es demasiado obstinada, siempre ve lo peor de las personas. Viviendo con tanto rencor, ¿cómo va a criar bien a Ariadna? Además, cuando la niña crezca y se entere de que su madre abandonó cruelmente a su padre en su peor momento, ¿qué pensará de ella? Esa niña un día se casará y será esposa y nuera; los adultos deben darle un buen ejemplo, ¿no lo crees?

Diego estaba convencido de que su discurso lleno de valores y principios conmovería a Elena.

Pero lo único que logró fue encender aún más su ira.

—Tú solo ves las cosas desde tu privilegio como hombre y jamás te has detenido a pensar en el infierno que vivieron mi tía y mi prima. Diego, dime algo, si alguna vez tuvieras una hija y ella pasara por lo mismo... ¿le pedirías que regresara con el hombre que la destruyó?

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