A Elena le pareció sumamente extraño. ¿De dónde sacaba Sylvia los contactos y el dinero para contratar a un abogado?
El asistente de Alejandro se puso a investigar al abogado de Sylvia y, finalmente, dio con la persona que movía los hilos detrás del telón.
Era Adriana.
Elena soltó una risa amarga por el coraje.
Jamás se habría imaginado que Adriana fuera la responsable de causarles tantos dolores de cabeza a escondidas.
De inmediato, la llamó y la citó para hablar frente a frente.
Adriana respondió con tono burlón:
—Claro, te mando la dirección. Ven a buscarme aquí.
Elena condujo hasta el lugar, entró a la zona privada del restaurante y encontró a Adriana.
—Así que tú eres la que incita a Sylvia a molestar a mi tía. Adriana, ¿de verdad crees que no puedo hacerte nada?
Adriana, bebiendo su jugo con una elegancia fingida, disfrutó al verla furiosa y sonrió:
—Esto es culpa de tu tía, Elena. César está paralítico, nunca más podrá tener hijos. La niña que tiene tu tía es su única descendencia y lo correcto es que vuelva a la familia Silva. Yo solo soy un alma caritativa que ayuda a los necesitados. ¿Por qué te pones tan agresiva?
Elena le lanzó una mirada llena de desprecio:
—La familia Silva jamás se ocupó de la niña. ¡Y ahora que César no sirve para nada, quieren usar a la niña como sirvienta para limpiarle la baba! ¡Que sigan soñando! Adriana, el problema es entre tú y yo, ¡deja a mi tía en paz!
En ese momento, Adriana vio entrar a Diego por la puerta y, de inmediato, cambió su expresión a una de profunda tristeza y resignación.
—Elena, de verdad, lo que hizo tu tía está muy mal. Su exesposo siempre fue bueno con ella, pero como ella se negaba a darle un hijo varón, él cometió un error por impulso. Aun así, después del divorcio, le dejó todo su dinero y la casa. ¡Y ahora que está al borde de la muerte, tu tía y la niña lo abandonan a su suerte! ¡Eso es no tener corazón!
Elena sentía que la habilidad de esa mujer para hacerse la víctima y torcer la verdad rozaba lo patológico. Consumida por la rabia, levantó la mano y le soltó una fuerte bofetada a Adriana.
En la mejilla de Adriana apareció una marca roja al instante, mientras lágrimas de humillación y dolor comenzaban a brotar de sus ojos.
—¡Elena! ¿Por qué me pegas de la nada? ¿Acaso dije alguna mentira?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico