La madre y las tres hermanas mayores de Diego siempre se habían desvivido por él y sacrificado todo en su beneficio.
Por eso, a sus ojos, era completamente normal y esperado que las mujeres vivieran subordinadas a los hombres y lo dieran todo por ellos.
—Por supuesto. Si tuviera una hija, la educaría con esos mismos valores. Entregarse por completo a su marido es el deber de toda mujer.
Lo decía con total convicción.
Elena soltó una carcajada amarga.
Se dio cuenta de lo estúpida que había sido. Había tardado muchísimo tiempo en ver la verdadera cara de ese hombre y, por culpa de su ceguera, había sufrido durante cinco largos años.
Al ver que Diego no la soltaba, Elena le asestó una patada con todas sus fuerzas en la espinilla.
El rostro de Diego se puso pálido por el dolor y la soltó de inmediato.
Sin querer perder un segundo más con ese par de miserables, Elena dio media vuelta y salió de la zona privada a paso rápido.
Adriana, ignorando el ardor en su propia mejilla, corrió a sostener a Diego, fingiendo una preocupación extrema:
—¡Diego, qué barbaridad! ¿Cómo se atreve Elena a golpearte así?
Diego esperó a que el punzante dolor en su pierna disminuyera un poco antes de murmurar:
—Ella antes no era así... Todo es mi culpa por haberla consentido tanto. Ahora que está con Alejandro, no se da cuenta de que él solo está jugando con ella... Solo queda esperar a que recapacite. Tarde o temprano entenderá que en este mundo nadie la tratará mejor que yo.
La noche anterior, Diego había salido a tomar con unos amigos.
Agobiado por la frustración, no pudo evitar desahogarse sobre su situación con Elena.
Uno de sus amigos le dio un «sabio» consejo:
—Diego, tu gran error fue tratar a Elena como a una igual. Con nuestro estatus y dinero, conseguir a una mujer cualquiera como ella no cuesta nada. Si te decidiste por ella, desde el principio debiste dejarle en claro cuál era su lugar, para que no se atreviera a meterse en tu vida personal. La mantienes en un buen departamento, le pasas una mensualidad generosa, y cuando se acostumbre a esa vida cómoda, no querrá irse jamás. El problema es que le hablaste de amor, le diste un lugar oficial, le prometiste fidelidad y le inflaste el ego. ¿Sabes qué tipo de hombres tienen que recurrir a promesas de amor y exclusividad? Los muertos de hambre que no tienen en qué caerse muertos y solo pueden retener a una mujer con palabrerías. Nosotros jugamos en otra liga. Con soltar un par de billetes le cambiamos la vida a cualquier mujer. Mira a las chicas con las que salimos mis amigos y yo: solo les damos dinero y son mansas como corderitos. Así que, hermano, fallaste por falta de experiencia. Si nos hubieras pedido consejo antes, Elena jamás se habría atrevido a levantarte la voz, mucho menos a dejarte.
Tras escuchar ese discurso, Diego sintió que por fin comprendía el verdadero problema entre él y Elena.


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