—¡Pero si tú eres el director del Grupo Romero! Ya estás casado y tienes tu propia familia, ¿por qué siguen controlando en qué gastas tu dinero? —exclamó Adriana, abriendo los ojos de par en par.
—Tú no haces nada en la casa —respondió Diego con un tono que dejaba claro que le parecía lo más normal del mundo—. Mi madre se encarga de todos los asuntos del hogar y de los compromisos sociales, y mi hermana Lucía me ayuda en la empresa. Ellas no tienen malas intenciones, solo quieren apoyarme con la administración de mis bienes. ¿Por qué haces tanto drama?
—Pero estamos casados, yo debería ser la que administre tu dinero, no ellas. —Adriana no podía entenderlo; ella era su esposa legal, ¿por qué su fortuna tenía que estar en manos de su suegra y la hermana de su esposo?
—Con lo despilfarradora que eres, ¿cómo se te ocurre que voy a dejarte a cargo de mi dinero? —replicó Diego, frunciendo el ceño.
—¡Pero yo también trabajé en los proyectos de la empresa! —protestó Adriana, sintiéndose asfixiada por la rabia—. ¡Y le di un hijo varón a los Romero! ¿Acaso eso no vale nada? Si no puedo administrar el dinero, ¿tampoco puedo gastarlo como se me dé la gana?
—¿No te prometí que te daría dividendos por tu trabajo en la empresa? —Diego empezaba a perder la paciencia—. Fuiste tú la que no supo sacar adelante el proyecto y por eso no recibiste nada, ¿de quién es la culpa? Además, el niño es de ambos, ¿podrías dejar de usar eso de «le di un hijo a los Romero» como excusa para todo?
La furia se apoderó de Adriana, haciéndole olvidar su papel de esposa dulce y sumisa.
—Entonces, ¿para qué me casé contigo? —gritó indignada—. Si no puedes darme dinero, ni amor, ni tiempo, ni siquiera fidelidad, ¿por qué tendría que estar contigo arriesgando mi vida para darte hijos?
—¿No eras tú la que decía que solo me querías a mí y no mi posición? —se burló Diego con una sonrisa gélida—. ¿No decías que me amabas y que estabas dispuesta a darlo todo por mí? No seas hipócrita, Adriana. Ya te he dado más que suficiente. La familia Romero ha estado llenando de recursos a los Castillo sin parar, y la mensualidad que te doy es dinero que un trabajador promedio no vería ni en toda su vida. ¿De qué te quejas?
Rara vez discutían, pero esta vez el dinero había sido el detonante.
Adriana lloraba de rabia, esperando en el fondo que Diego, por el bien de sus hijos, se acercara a consolarla y le pidiera perdón.
Pero él, acostumbrado a que lo adularan, jamás se rebajaría a algo así.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico