Alejandro sacó un regalo y lo puso frente a ella.
—Feliz cumpleaños.
Elena abrió la caja y descubrió un broche bellísimo. Su diseño era elegante, pero sin llegar a ser ostentoso, perfecto para combinar con la ropa que usaba a diario. Era evidente que lo había elegido con mucho cuidado.
—Gracias —dijo con una sonrisa radiante.
Al ver que le gustaba, los ojos de Alejandro también se iluminaron. Había pasado mucho tiempo buscando ese broche, e incluso le había pedido consejo a Nerea y a Sofía.
Elena se lo prendió en la ropa y no pudo resistir la tentación de hacerse una foto con su teléfono.
Poco después, el mesero trajo el pastel y les ayudó a encender la vela. Elena cerró los ojos, pidió un deseo y la sopló.
Alejandro retiró la vela, cortó una pequeña rebanada y se la sirvió en un plato.
—Yo mismo hice este pastel. ¿Quieres probarlo?
—¿Tú lo hiciste? —preguntó Elena, asombrada—. ¿Desde cuándo sabes hacer pasteles?
—No sabía, pero me pasé toda la semana aprendiendo —respondió él, riendo.
Todos los días al mediodía, un maestro pastelero iba a su sala de descanso a enseñarle. Como no tenía mucho tiempo, solo logró hacer una receta sencilla; aún le faltaba práctica para hacer esos pasteles con decoraciones espectaculares.
Al principio, Elena había pensado que el pastel era un poco común, pero al saber que él mismo lo había preparado, su corazón se llenó de ternura.
—Hiciste que este cumpleaños fuera tan especial... ¿Qué voy a hacer cuando sea el tuyo y no se me ocurra una sorpresa tan buena? —bromeó ella.
—Tenerte a mi lado es la mejor sorpresa de todas —le respondió Alejandro con una sonrisa suave.
Estaban a punto de probar el pastel cuando dos figuras se acercaron a su mesa. Al ver que se trataba de Diego y Adriana, el rostro de Elena se ensombreció.
Diego no tenía intención de acercarse, pero al ver a Elena sonriéndole de forma tan dulce a Alejandro, sintió como si le clavaran agujas en el pecho. Hacía muchísimo tiempo que ella no le sonreía así. ¿Acaso se había creído las mentiras de ese hombre?
Miró el pastel sobre la mesa y soltó una carcajada burlona.
—Director Vargas, ¿es el cumpleaños de Elena y ni siquiera se esfuerza? ¿No le da vergüenza darle un pastel tan patético?
Diego no se daba por vencido y seguía fulminando a Elena con la mirada, pero ella lo ignoró por completo, tratándolo como si fuera invisible.
Alejandro miró a Diego con total indiferencia y le advirtió:
—Director Romero, no necesitamos que se inmiscuya en nuestros asuntos. Le pido que deje de acosarnos.
Aunque la furia consumía a Diego, sabía que no le convenía ganarse de enemigo a Alejandro. Sin más opciones, dio media vuelta y se marchó junto con Adriana.
La inesperada aparición de esa pareja había arruinado por completo el buen humor de Elena, quitándole el apetito. Tras consultarlo con Alejandro, decidieron pedir la comida para llevar y marcharse.
Cuando Diego los vio salir con las sobras, su mirada se volvió aún más fría.
—Alejandro es un miserable con ella, y aun así lo defiende.
Cuando él estaba con Elena, jamás había escatimado en gastos; nunca le compró pasteles baratos, y mucho menos empacaba las sobras de los restaurantes.
¿Cómo era posible que Elena soportara que Alejandro la tratara con tanta mediocridad? Cada vez la entendía menos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....