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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 556

Ahora, al ver la sonrisa en los labios de Elena mientras caminaba tomada de la mano con Alejandro, uno llevando a Chispa y el otro cargando una sandía, la escena desbordaba una calidez hogareña que lo golpeó como un puñetazo en el estómago.

Jamás se imaginó que, tras abandonarlo, ella pudiera llevar una vida tan apacible y feliz al lado de otro hombre.

Siempre se había convencido de que Alejandro solo estaba jugando con ella. Pero al verlo tan relajado y doméstico, una abrumadora sensación de peligro y pérdida lo invadió.

Entre hombres, las intenciones se leen a kilómetros.

Si alguien solo quiere una aventura pasajera con una mujer, le basta con llenarla de lujos y exigir intimidad a cambio.

Sin embargo, que Alejandro dedicara su tiempo a pasear con ella, a sacar al perro, a comprar fruta juntos... Ese nivel de compromiso emocional, de compañía pura y auténtica, demostraba que iba muy en serio.

Diego clavó la mirada en sus manos entrelazadas, sintiendo un nudo asfixiante en el pecho.

Elena actuó como si él fuera invisible y subió al ascensor con Alejandro.

Diego no tuvo el valor de seguirlos.

Le aterraba enfrentarse a la nueva relación de la mujer que amaba.

Le destrozaba aceptar que ella ya había pasado página por completo.

No. Es imposible.

Elena solo está con Alejandro para darme celos y castigarme.

Intentó consolarse a sí mismo con esa mentira desesperada.

Pero la escena doméstica que acababa de presenciar lo sumió en un torbellino de dudas y agonía.

***

Tras cuatro días continuos de exhaustivas revisiones y ajustes en los parámetros, Elena logró eliminar las interferencias. Al optimizar las condiciones del experimento con precisión milimétrica, los últimos resultados mostraron una coherencia absoluta, y cada indicador clave cayó dentro del rango de calidad exigido.

A las diez de la noche, le envió los datos finales a Fernando. Solo entonces apagó la computadora y se restregó los ojos cansados.

Al salir de la oficina y subirse al auto de Bruno Berrocal, su mente todavía daba vueltas a la siguiente ruta de síntesis.

Fue a mitad del camino cuando levantó la vista y descubrió que el hombre al volante no era Bruno, sino el mismísimo Alejandro.

—¿Qué haces tú aquí? —preguntó, llevándose una grata sorpresa.

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