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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 57

Diego metió a Tomás al coche y le pidió al chofer que arrancara.

Al ver que Adriana seguía de terca, perdió la paciencia.

—Si de verdad tuviera preferencia por Elena, ¿crees que dejaría todo mi trabajo botado para venir a acompañarte de compras y llevar a Tomás al hospital?

Al verlo tan fastidiado, Adriana prefirió callarse, aunque por dentro seguía ardiendo de indignación.

Diego acompañó a Tomás al hospital, luego llevó a Adriana y a Tomás a la casa de la familia Castillo y después manejó de regreso a la casa donde vivía con Elena.

Sentía que últimamente Elena estaba muy extraña.

Le daba la impresión de que estaba a punto de dejarlo.

Así que entró a la recámara principal para revisar si las cosas de Elena seguían ahí.

La ropa en el clóset estaba perfectamente acomodada.

Soltó un suspiro de alivio.

Al parecer, Elena seguía molesta por lo que había pasado antes y por eso no quería regresar a casa.

Tenía que encontrar un momento para hablar bien con ella y hacerle entender que estaba saturado de trabajo, y que por eso no había podido acompañarla.

Lo que él no sabía era que esa ropa en el clóset la había acomodado Adriana.

Ella no quería que él se enterara de que Elena ya lo había abandonado.

***

Como el festejo anterior del cumpleaños de su tía Carmen no había terminado nada bien, la abuela Navarro propuso organizarle una nueva celebración.

Elena había encargado un ramo en la florería y pasó a recogerlo saliendo del trabajo para regalárselo a su tía.

Apenas entró a la tienda, se topó con Diego y Adriana.

Adriana no se esperaba esa coincidencia y le sonrió:

—¡Elena! ¿Vienes a comprar flores?

Elena vio las rosas azules en manos de Adriana y algo dentro de ella se le vino abajo.

Recordó que, cuando apenas empezaban a salir, Diego también solía regalarle rosas azules.

Solo que después dejó de hacerlo.

Ahora, todos esos detalles que antes tenía con ella, se los dedicaba a Adriana.

Temiendo que Elena se hiciera una idea equivocada, Diego se apresuró a explicarse:

—Vamos a ver a un cliente, por eso compramos las flores. ¿Y tú? ¿Por qué compras flores de repente?

—Si yo estoy feliz, el bebé estará bien. No me vayas a dejar plantada ni me hagas hacer corajes.

Diego miró su vientre y reaccionó:

—Está bien.

Cuando Elena llegó a la casa de su tía, recibió un mensaje de texto.

Era una foto que le había mandado Adriana.

En la imagen, Adriana y Diego estaban en una cena romántica a la luz de las velas, agarrados de la mano.

Adriana llevaba un anillo de zafiro con diamantes en el dedo anular.

Elena había visto las noticias; ese anillo había sido la pieza estelar en la subasta benéfica de Ciudad Río el día anterior.

En internet, la gente no paraba de especular sobre qué hombre poderoso lo habría comprado y todas envidiaban a la mujer que fuera a recibirlo.

A Elena no le quedó más remedio que aceptar que lo de Diego con Adriana tenía una intensidad que él nunca le había dado a ella.

Ya en la casa, Elena le entregó las flores a su tía.

Ella sonrió y las puso en un florero.

El esposo de su tía salió de la cocina con un plato de comida y le dijo con una gran sonrisa que se lavara las manos para cenar.

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