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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 570

Diego se convenció a sí mismo de que si Elena se negaba a colaborar con ellos era porque aún le afectaba la presencia de Adriana. Ese pensamiento le dio un ligero consuelo; al menos, significaba que ella todavía sentía algo por él.

Por su parte, Adriana, que había conseguido una invitación gracias a Rodrigo, también logró entrar al recinto.

Cuando vio a la deslumbrante Elena brillar en el escenario y luego giró la vista para encontrar a Diego susurrándole al oído a Eulalia, su rostro demacrado se retorció en una mueca de odio visceral.

Mientras ella sufría en casa los horrores del embarazo y soportaba a unos familiares insoportables, Diego se paseaba coqueteando con otras mujeres.

Esperó a que Diego se alejara para saludar a otros empresarios y se acercó directamente a Eulalia.

Al ver su aspecto, Eulalia no pudo evitar que sus pupilas se contrajeran por la sorpresa.

Antes, Adriana solía ser una mujer bastante atractiva.

Pero ahora, había perdido muchísimo peso, su rostro estaba marchito y parecía haber envejecido diez años de golpe. Con el vientre abultado y una postura encorvada, su apariencia era deplorable.

Adriana no pasó por alto la sorpresa y el asco en los ojos de Eulalia.

Ese embarazo había sido de alto riesgo desde el principio. El médico le había advertido que si no guardaba reposo absoluto, tendría que someterse a un aborto de emergencia, pero ¿cómo iba a quedarse encerrada en casa sabiendo que Diego andaba suelto con otras?

Por eso había tomado un sinfín de medicamentos fuertes, y los efectos secundarios habían destrozado su salud y su belleza.

Desde que ni siquiera el maquillaje lograba ocultar su aspecto enfermizo, Diego evitaba cualquier tipo de contacto con ella.

Hacía mucho tiempo que ni siquiera dormía en casa.

Para saber de él, no le quedaba más remedio que seguirlo a escondidas.

—Eulalia, ¿estás intentando robarme a mi marido? —le exigió saber, con voz cargada de veneno.

Eulalia frunció el ceño con desdén.

—Tu marido no me interesa en lo absoluto.

—No te creo. Si no te interesa, ¿por qué siempre estás pegada a él? Comen juntos, van a eventos juntos... Ni siquiera eres empleada del Grupo Romero. Si son tan unidos, es porque quieres quitármelo, ¿verdad?

Eulalia soltó una risa desdeñosa.

—Solo mantenemos una relación estrictamente profesional. Y para que te quede claro: Diego no está a mi nivel.

—¿Qué quieres decir con eso?

Eulalia se rio con ganas.

—¡No soy tan patética como tú! ¿Arruinar tu propia salud solo para complacer la obsesión de Diego de tener un heredero varón? ¡Qué estupidez! Te lo aseguro, el hombre con el que yo me case tendrá que ser mil veces más rico y poderoso que él, y además, tendrá que hacer lo que yo diga. Si yo no quiero tener hijos, nadie me va a obligar.

Adriana no supo si le estaba diciendo la verdad o no, pero el odio en sus ojos no disminuyó en lo más mínimo.

Una idea perversa comenzó a echar raíces en la mente de Adriana.

Nadie conocía a Diego mejor que ella.

Podría parecer perdidamente enamorado de Elena, pero ¡amaba muchísimo más a sus propios hijos!

Eulalia continuó incitándola:

—Si quieres triunfar, tienes que ser implacable, Adriana. La oportunidad la tienes servida en bandeja de plata. No la desaproveches.

Adriana recordó las palabras del médico: al próximo episodio de dolor agudo, tendrían que llevarla de urgencia a cirugía para perder al bebé.

Sintió una punzada en el vientre y tomó la decisión definitiva.

De todos modos, ese bebé ya estaba condenado. Al menos haría que su pérdida sirviera para un último gran propósito.

Por su parte, Elena acababa de recibir un mensaje de su tía Carmen informándole que su abuela se sentía mal y le pedía que fuera a verla.

Como el evento ya estaba por terminar, Elena se despidió de los organizadores, tomó su bolso y se dirigió a la salida.

Al llegar a la entrada principal del hotel, se topó de frente con la mirada cargada de odio de Adriana.

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