Si perdía este empleo, cualquier sueño de superar a Elena profesionalmente y humillarla en el futuro se esfumaría para siempre.
Tragándose el orgullo hasta que le supo a sangre, Adriana bajó la mirada.
—Lo siento mucho, director Ferrer —murmuró, apretando los dientes.
Fausto resopló con frialdad y le apartó la mirada, ignorándola por completo el resto de la noche.
Pero cuando se dirigía a Elena, su rostro cambiaba mágicamente, mostrando una sonrisa afable y un respeto genuino.
El resto de la velada transcurrió entre charlas apasionadas sobre avances farmacéuticos y ensayos clínicos. Todos participaban animadamente, excepto Adriana, que se quedó relegada en su esquina, muda y humillada.
Sentía el aislamiento como una losa sobre sus hombros.
Y en su mente retorcida, toda la culpa la tenía Elena.
Estaba convencida de que, si esa mujer no existiera, ella jamás habría caído tan bajo ni estaría pasando por semejante calvario.
***
Al terminar la cena, Elena subió al auto para regresar a casa.
Comenzaba a llover sobre Ciudad del Río.
Bruno, siempre prudente, redujo la velocidad del vehículo.
Elena apoyó la frente en el cristal de la ventana, observando cómo la llovizna amenazaba con convertirse en tormenta.
—¿Alejandro viajó a Ciudad del Norte esta mañana, verdad? —preguntó, con un tono de preocupación.
—Sí, señorita —respondió Bruno sin apartar la vista del camino—. Pero el director Vargas tomó un vuelo de regreso a las cinco de la tarde. Ya está en la ciudad.
Elena asintió, aliviada. Le aterraba la idea de que Alejandro condujera bajo esa lluvia torrencial solo para volver a casa a tiempo.
De repente, las llantas chirriaron sobre el asfalto mojado. Bruno frenó de golpe.
El cuerpo de Elena se inclinó hacia adelante por la inercia, pero el cinturón de seguridad la sostuvo firme, evitando que se golpeara la cabeza.
—Perdón, señorita —se disculpó Bruno, mirando por el espejo retrovisor—. Me pareció ver a un gato cruzar la calle. Bajaré a revisar.
Elena asintió, con el corazón acelerado.
Bruno tomó un paraguas, bajó del auto y se acercó al parachoques delantero. Allí, acurrucado y empapado, encontró a un pequeño gato atigrado.
Lo revisó con cuidado. No tenía heridas visibles, pero estaba tan aterrado que se había quedado congelado en su lugar, incapaz de moverse.
Bruno se quitó su saco, envolvió al animalito tembloroso y caminó hacia la puerta trasera.
Elena bajó la ventanilla. Al ver lo indefenso y patético que lucía el felino bajo la lluvia, su instinto maternal se activó de inmediato.
—Dámelo —pidió, extendiendo los brazos—. Vamos a buscar una clínica veterinaria para que lo revisen.

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