Diego recordó cómo, hace tres años, ella se había metido a un incendio arriesgando su propia vida solo para salvarlo, y no tuvo corazón para seguir reclamándole. Al fin y al cabo, estaba convencido de que Adriana lo quería de verdad y de que toda aquella escena no había sido más que un arrebato de celos.
La abrazó y le habló con voz más suave:
—No vuelvas a hacer algo así, ¿entendido? Sabes perfectamente que lo que más amo de ti es lo buena y noble que eres.
Adriana asintió rápidamente.
—Te prometo que ya aprendí mi lección, Diego. Por favor, perdóname por esta vez.
Diego inclinó la cabeza y le dejó un beso breve en la frente, como si con ese gesto bastara para cerrar lo ocurrido.
Al ver que ya se le había pasado el coraje, Adriana se atrevió a pedirle:
—Entonces, quédate conmigo esta noche.
Diego lo pensó un momento.
—Me quedo hoy, pero mañana a primera hora te vas de este hotel. Además, de ahora en adelante voy a pasar más tiempo con Elena. Por lo pronto, vete a vivir un tiempo a casa de tus papás.
Últimamente, Elena estaba muy rara con él. Si seguía descuidándola, era muy probable que empezara a sospechar de su relación con Adriana. Ya no amaba a Elena con la ceguera de antes, pero seguía atado a la idea de que le debía ese matrimonio. Divorciarse ni siquiera entraba en sus planes.
Al oírlo, Adriana apretó los puños hasta hundirse las uñas en las palmas. Convencida de su propia versión, pensó que Elena solo estaba montando una distancia calculada para atraer otra vez la atención de Diego. Y lo peor era que Diego parecía caer, una vez más, en el juego de Elena.
No, no podía quedarse de brazos cruzados. Sin embargo, por miedo a hacer enojar a Diego, fingió ser obediente y aceptó.
—Está bien.
***
A la mañana siguiente, Adriana se fue del hotel muy a su pesar. Diego la despidió y bajó al restaurante a desayunar con Elena y su familia. En cuanto se sentó a la mesa, la abuela se llevó a Carmen y al resto de la familia con cualquier pretexto, dejando a Elena sola con él.
Elena se quedó sin palabras. Seguramente la anciana había notado la tensión entre ellos y quería darles espacio a solas. Pero la verdad es que ya no tenía absolutamente nada que platicar con Diego.
—¿Quieres jugo? Yo te lo traigo —le ofreció él.
—No hace falta, voy al baño —contestó ella con indiferencia, y se levantó de la mesa.


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