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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 74

Cuando Natalia se enteró, se pasó todo el día observando a Elena con abierta hostilidad.

Elena, en cambio, andaba de lo más tranquila.

Desde que entró al laboratorio, Elena había sacado a Natalia de más de un problema.

Si Natalia dedicara a su trabajo la misma energía que gastaba en envidiar a los demás, su situación sería muy distinta, pero Elena sabía que decírselo no serviría de nada.

Al salir del trabajo, Elena se dirigía a su casa cuando sintió que alguien la empujaba por la espalda.

Por instinto, se protegió el vientre y se agarró de la pared.

No llegó a caerse, pero se torció el tobillo.

El dolor le subió por el tobillo con un latigazo seco. Al voltear, vio a Natalia mirándola con cara de inocente.

—¡Ay, perdón! No te pasó nada, ¿verdad? Bueno, me urge irme, ahí nos vemos.

A Elena le dolía tanto que ni energía tenía para reclamarle.

Apoyándose en la pared, llegó como pudo al elevador y bajó a la salida para pedir un taxi rumbo al hospital.

Como si el día no pudiera volverse más cruel, apenas puso un pie en urgencias se encontró de frente con Diego y Adriana.

Adriana estaba hecha un mar de lágrimas, reclamándole a gritos:

—¿Por qué no me contestaste en toda la noche? ¡Y encima te fuiste a cenar con tu nueva secretaria! ¿Qué te traes?

Diego respondió algo en voz tan baja que Elena no alcanzó a distinguirlo.

Como no quería topárselos, se puso el cubrebocas y se dio la media vuelta para ir a registrarse.

Después de ver al doctor, fue a sacarse unas radiografías cojeando y, tras recoger los analgésicos, por fin salió del hospital.

Para su mala suerte, ahí estaban Diego y Adriana otra vez.

Al verla, Adriana abrió mucho los ojos, incapaz de disimular su fastidio.

Elena no cambió su expresión fría y la ignoró por completo.

Cuando Diego la vio, se le acercó de inmediato, preocupado:

—¿Qué te pasó? ¿Te sientes mal?

Ella le respondió sin ninguna emoción:

—Nada, me torcí el pie.

Diego frunció el ceño:

—¿Viniste sola? ¿Por qué no me marcaste? Yo te traía.

Al verle el tobillo hinchado, le reclamó con cierto tono de reproche:

—¿A poco sigues viviendo con tu tía? Ya te lastimaste, ¿no crees que es hora de volver a la casa?

Y sin darle tiempo a responder, se agachó para cargarla.

A Elena le dolía tanto el pie que ni fuerzas tuvo para quitárselo de encima, así que dejó que la subiera a su coche.

De verdad no quería irse con él, así que le aclaró:

—Yo puedo cuidarme sola.

—Diego, ya tengo hambre. ¿No dijiste que íbamos a ir a cenar?

Él le echó un vistazo rápido a Adriana, pero luego volvió a clavarle los ojos a Elena. No pensaba dejarla ir.

—Vamos los tres.

Elena dejó escapar una sonrisa breve, cargada de amargura.

¿De qué se trataba eso? ¿Iban a estar ahí derramando miel y querían que ella estuviera de espectadora?

La volvieron a meter a la fuerza en el asiento trasero.

Mientras Diego manejaba, Adriana iba sentada a su lado, echándole unas miradas que mataban.

Elena prefirió cerrar los ojos y hacerse la dormida.

Si hubiera sabido que iba a toparse con este par en el hospital, mejor se aguantaba el dolor en su casa.

Al llegar al restaurante, Diego se sentó en medio, con Elena y Adriana a cada lado.

Elena se sentía profundamente incómoda; solo quería terminar cuanto antes e irse de allí.

Pero, por mucho que quisiera evitarlo, aquella noche el destino volvió a ponerla frente a la misma humillación.

Esa misma noche, Natalia y unas amigas andaban cenando ahí. Al ver a Elena y a Adriana, se acercaron a saludar.

Al ver a Diego, impecable y seguro de sí mismo, Natalia sintió un golpe seco de fascinación.

Daría lo que fuera por tener a un novio así.

Pero ¿qué hacía Elena sentada con ellos?

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