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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 78

¿Acaso ni siquiera había leído el mensaje donde le pedía el divorcio? Con razón siempre insistía en que todo era un simple arrebato y creía que todavía podía convencerla de volver para seguir fingiendo un matrimonio intacto.

De repente todo le quedó clarísimo. Pero bueno, mejor así; por el bien de su tía, tampoco le convenía armarle un escándalo en ese momento.

***

En la noche, cuando Diego regresó a la recámara, vio que Elena ya estaba profundamente dormida. Sin poder evitarlo, le acarició el cabello. Elena no se despertó. Él se quedó ahí, mirándola en silencio.

Últimamente solo se la pasaban peleando, aunque él seguía sin entender qué le molestaba tanto. Pero mientras ella estuviera dispuesta a volver, todo estaba bien.

Aunque Adriana le gustaba, no concebía la idea de perder a Elena. En su cabeza, ella seguía perteneciendo a su mundo y debía permanecer allí.

A Diego no le parecía que hubiera nada de malo en pensar así. Al final, que un hombre exitoso tuviera un par de mujeres a su lado era lo más normal del mundo.

Su celular vibró. Era un mensaje de Adriana. Para no despertar a Elena con la luz de la pantalla, se levantó en silencio y salió del cuarto.

Apenas la puerta se cerró tras él, Elena abrió los ojos lentamente en la oscuridad. No estaba dormida; se había hecho la dormida para no tener que cruzar palabra con él.

Le producía un rechazo profundo y sentía que entre ellos ya no quedaba nada por decir. El simple hecho de estar acostada en esa misma cama le revolvía el estómago. Pero, por su tía, no le quedaba más remedio que soportarlo.

A la mañana siguiente, Elena salió al comedor a desayunar. Diego le preguntó:

—Hoy quedé con el señor Molina para jugar tenis y cerrar un trato. ¿Quieres venir conmigo?

Antes, Diego jamás la llevaba a sus reuniones de negocios; probablemente siempre creyó que el origen humilde de Elena no encajaba en ese mundo.

Elena no tenía ganas de ir, pero tampoco quería quedarse encerrada en esa casa que la asfixiaba, así que asintió.

—Está bien.

Diego se sorprendió un poco. Antes le había preguntado si quería acompañarlo a algún evento, pero como ella era muy reservada, siempre le decía que no le interesaba. Con el tiempo, él había dejado de insistir. No esperaba que esta vez aceptara.

Supuso que quizá ella le estaba dando una señal de que quería arreglar las cosas y recuperar cierta calma entre los dos. En el fondo sabía que Elena seguía perdidamente enamorada de él.

Al subir al coche, Diego tomó el volante. Elena se sentó en el asiento del copiloto. Él puso música y, de casualidad, empezó a sonar la canción en inglés favorita de Elena.

—¿Novia nueva?

Diego aclaró con voz seria:

—Mi esposa, Elena.

Molina se quedó pasmado. Él ya había visto a Diego salir con Adriana antes; de hecho, la última vez le había dicho que Adriana era su esposa.

Rápidamente, el hombre esbozó una sonrisa cómplice. Ya entendía todo; seguramente decirle «esposa» era solo un apodo cariñoso entre amantes. Prefirió fingir que no había entendido nada y abstenerse de hacer comentarios.

Aunque el pie de Elena ya estaba mejor, todavía no podía jugar tenis, así que se sentó en las gradas junto a las acompañantes de Molina a ver a los hombres jugar.

Una de las chicas fue al baño y la otra se acercó a platicar:

—Me llamo Noelia. Oye, ¿y tú cómo conociste a Diego?

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