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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 787

Elena preguntó con un tono glacial:

—¿Soy yo la cruel o lo son ustedes, los Romero? ¿Acaso ya olvidaron todo lo que me hicieron? Yo iba a tener un hijo de Diego y él mismo acabó con su vida. Hasta el día de hoy, todavía recuerdo el dolor de perder a mi bebé. Lucía, ¿me pides que olvide el pasado, que haga las paces con su familia y que trabajemos juntos para ganar dinero? ¿De verdad crees que eso es posible?

Lucía se quedó atónita.

—¿Ibas a tener un bebé con Diego? No, eso no puede ser cierto... Si es verdad, ¿por qué no lo dijiste en su momento?

Elena soltó una risa fría.

—Él ya había metido a Adriana en mi casa. Si yo hubiera dicho algo, ¿qué lugar habría ocupado mi hijo? No iba a permitir que mi bebé fuera tratado como un hijo ilegítimo de los Romero. Mi intención original era irme con él y criarlo sola, pero Diego ni siquiera me dio esa oportunidad. Lucía, si estuvieras en mi lugar, ¿perdonarías tan fácilmente a las personas que le hicieron daño a tu hijo?

Lucía también era madre, así que, naturalmente, podía entender el dolor de Elena.

Sin embargo, al tratarse de su propio hermano, le resultaba imposible ponerse de su lado.

—Elena, sé que pasó hace mucho tiempo —dijo con la voz áspera—. Además, ya estás con Alejandro y te espera un futuro brillante. ¿No puedes simplemente dejar en paz a los Romero y perdonar a Diego?

—Lo siento mucho, pero no soy tan compasiva.

Elena colgó la llamada.

La señora Salinas cortó un par de kiwis y se los dejó en la mesa.

—Elena, come un poco de fruta.

Al mirar el vientre de la joven, una sonrisa cálida iluminó su rostro.

Días atrás se había preguntado por qué Elena estaba desarrollando unas curvas tan pronunciadas, pero cuando se enteró del embarazo, se llenó de alegría por ella. Era lo más normal del mundo que una futura mamá ganara peso; de esa forma, el bebé nacería fuerte y sano.

Elena le dio las gracias, terminó su fruta y pensó en levantarse para caminar un rato.

En ese preciso instante, Alejandro regresó.

Al percibir un ligero olor a alcohol en su ropa, Elena preguntó:

—¿Tuviste una cena de negocios? ¿Tomaste algo?

Él rara vez tomaba la iniciativa de beber en esos compromisos, pero hoy era la excepción.

—Sí —sonrió Alejandro—, pero solo tomé media copa.

Beatriz había reunido a sus tres hijas y hablaba con desesperación:

—¡Tienen que pensar en algo rápido! A Diego se lo llevaron para investigarlo, ya pasó casi una semana y aún no sale. Me estoy muriendo de la angustia. ¿Sus esposos no les han dicho cómo solucionarlo?

Isabela también tenía el rostro ensombrecido por la preocupación.

—Mi esposo ya preguntó, pero el problema del Grupo Romero esta vez es demasiado grave, él tampoco puede hacer nada.

Lucía apretó los dientes.

—Elena nos tendió una trampa paso a paso. Ahora que la cadena de capital de la empresa está rota, Diego podría terminar en la cárcel. Aunque los Romero liquidemos todos nuestros bienes, dudo mucho que podamos salir de esta crisis. Esa mujer es demasiado despiadada.

Al escuchar eso, a Beatriz se le nubló la vista y estuvo a punto de desmayarse.

Diego era su único hijo varón. Si algo le pasaba, no quería ni imaginar cómo sería su vida a partir de entonces.

Dirigió su mirada hacia la esquina donde estaba parada Adriana y, de repente, estalló en furia.

—¡Al final de cuentas, todo es culpa tuya, Adriana! Si no te hubieras metido a arruinar la relación de Diego y Elena, ellos jamás se habrían separado, ¡y Elena no estaría vengándose de él!

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