Elena cerró WhatsApp y llamó a los de seguridad.
Dos horas después, los guardias encontraron la llave y fueron a abrirle.
Elena estaba tan cansada que no quería hablar con nadie; pidió un taxi y se fue sola a casa.
En cuanto tocó la cama, se quedó profundamente dormida.
Al día siguiente, al llegar a la oficina, notó que todos sus compañeros la miraban de forma extraña.
Sin entender qué pasaba, Elena caminó hasta su lugar y se sentó.
Camila se acercó y le reclamó:
—Elena, ¿borraste los datos de la computadora de Adriana? Te pasaste. Ayer se le cayó el café por accidente y manchó tus documentos, pero eso no te da derecho a desquitarte borrándole información tan importante. Ni siquiera tuvo tiempo de hacer una copia de seguridad. Echaste a perder todo su trabajo.
Elena frunció el ceño, molesta por la acusación sin sentido, y se defendió:
—Yo ni siquiera toqué su computadora.
—Anoche todos nos fuimos a cenar y tú te quedaste sola en la oficina. Si no fuiste tú, ¿quién más pudo ser?
Elena levantó la vista y vio a Adriana sentada en su lugar, sollozando con los ojos rojos, mientras varios compañeros la consolaban.
Caminó hacia Adriana y le preguntó:
—¿Ni siquiera sabes hacer una copia de seguridad de tus archivos? ¿Así llegaste a ser directora en el Grupo Romero? Además, tu computadora debe registrar la hora en que se borraron los datos; revísalo y listo. Ayer estuve en el laboratorio hasta poco antes de las diez de la noche, y las cámaras de seguridad pueden demostrar que yo no estaba aquí.
Adriana se frotó los ojos y se quedó callada.
Camila se interpuso con actitud protectora y acusó a Elena:
—Deja de intimidar a Adriana. Anoche todos nos fuimos a cenar menos tú, seguro te quedaste en la oficina para hacer tus maldades, ¿no? Además, la computadora de Adriana también se descompuso y no enciende. Acabo de preguntarle a los de seguridad y resulta que anoche apagaron las cámaras del laboratorio y de la oficina. Seguro tú lo planeaste todo.
Elena la miró con frialdad y respondió con sarcasmo:
—Ni siquiera tienes pruebas de que yo lo hice. ¿No crees que es muy pronto para declararme culpable?
Sin importarle la cara de furia de Camila, salió de la oficina.
Quedó con Isabel para cenar en un restaurante de birria.
Al escuchar lo que había pasado ese día, Isabel se indignó:
—Esto ya es demasiado. Está clarísimo que te están difamando. Yo creo que Adriana borró sus propios datos y está usando a Camila para sacarte de ahí. Qué mujer tan ruin. ¿Qué vas a hacer? ¿Vas a pedirle ayuda a Alejandro? Él se ha portado bien contigo, ¿no?
Elena respondió con tranquilidad:
—El que nada debe, nada teme. No tienen pruebas, así que no pueden hacerme nada. Además, esto es el Grupo Vargas, no el Grupo Romero. Por mucho berrinche que haga Adriana, no se va a salir con la suya tan fácilmente.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....